La cultura es la sonrisa

Por Christian Vitry

Así se titula un tema del cantante argentino León Gieco, cuya letra transcribo para que todos los que no conocen al cantor o la canción puedan disfrutarla.
 

La cultura es la sonrisa que brilla en todos lados
en un libro, en un niño, en un cine o en un teatro
solo tengo que invitarla para que venga a cantar un rato

Ay, ay, ay, que se va la vida
mas la cultura se queda aquí

La cultura es la sonrisa para todas las edades
puede estar en una madre, en un amigo o en la flor
o quizás se refugie en las manos duras de un trabajador

La cultura es la sonrisa con fuerzas milenarias
ella espera mal herida, prohibida o sepultada
a que venga el señor tiempo y le ilumine otra vez el alma

La cultura es la sonrisa que acaricia la canción
y se alegra todo el pueblo quien le puede decir que no
solamente alguien que quiera que tengamos triste el corazón.

Un hermoso poema que nos regala León Gieco acerca de la cultura, pero el objetivo de esta editorial no es hacer una exégesis de una hermosa canción, sino mas bien unos comentarios sobre la triste realidad de nuestra cultura, o mejor dicho, de las políticas culturales que, por acción u omisión, llevan adelante numerosas jurisdicciones de nuestros países iberoamericanos y especialmente latinoamericanos.

Parece ser que siempre hay un pretexto adecuado para postergar las numerosas necesidades que se generan en el ámbito cultural. Lo cierto, es que los países o estados municipales permanentemente postergan, relegan o directamente ignoran a la cultura en el amplio sentido del término. Hoy es la crisis económica mundial, la gripe porcina, el dengue; hasta hace poco la guerra, el terrorismo; antes el cólera, la gripe aviar, el ántrax; siempre la bolsa de valores, los intereses políticos partidarios, las elecciones y gran cantidad de males y peores que nos aquejan.

Lamentablemente la cultura es como un relleno prescindible, cuando está todo bien se usa y abusa, cuando las cosas no están tan bien la cultura es lo primero que se resiente. En este contexto, cuando me refiero a la cultura, lo hago pensando en los fondos destinados para ella, que, en definitiva es lo que moviliza las diferentes actividades.

Trabajar en el ámbito de la cultura es como un apostolado, que tiene más de pasión y entrega, convicción y ganas, que desarrollo de un plan o política con lineamientos claros y sostenidos en el tiempo, más allá de los avatares políticos y ajustando lo necesario en los económicos.

Lo lamentable de todo esto y lo que las políticas estatales no toman en cuenta, es que por la omisión, desidia, codicia o ignorancia de unos pocos, son muchos los  perjudicados, gran cantidad de talentos desperdiciados, vocaciones cercenadas, sueños postergados y ni que hablar de oportunidades perdidas; lo cual se traduce en una pérdida de la calidad de vida en todos los sentidos, que es por principio y definición, aquello que los políticos deberían combatir.

Quienes están en un plano de decisión gubernamental deberían repensar o, por lo menos, pensar en el potencial que alberga la cultura cuando se la trabaja sistemáticamente, siguiendo un objetivo y un plan con el presupuesto asignado y mantenido. Los beneficios serían más sólidos, sanos y duraderos, que los pocos pesos que se diluyen en la nada absoluta cuando le quitan lo poco que la cultura tiene asignado.

Escuché el otro día que una biblioteca tuvo tal recorte presupuestario que ya no compra el periódico para la hemeroteca, ¡una vergüenza!, más sabiendo que los políticos poseen gratuitamente los ejemplares todas las mañanas en sus escritorios. Se podrían mencionar cientos de ejemplos, prefiero dejarlo allí… Esto no es nuevo, siempre fue así y seguirá siendo en muchos lugares.

Prefiero quedarme con otro sabor y sensación, recordando y destacando todos los espacios, aunque pequeños, que la cultura fue ganando. Es en esa dirección  donde hay que apuntar y apostar, a seguir trabajando y luchando en busca de un sueño y una sonrisa, como versa la canción de nuestro poeta León Gieco, para que brille en todos lados, en un libro, en un niño, en un cine o en un teatro. Me quedo con esa imagen más trascendental de la cultura, esa cultura que está más allá todo y todos, esa que nos precedió y nos sucederá, esa cultura de las cosas simples a la que debemos sostener para que no se nos ponga triste el corazón.

 

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