Por Christian Vitry
A fines de los ’90 conocí a Francisco Mateo, en realidad ni me acuerdo dónde ni cómo, pero tuve la sensación de haberlo conocido siempre. Me invitó a publicar algún artículo en su revista y desde allí estuvimos siempre en contacto.
Divertido, irónico, de explosiva risa, ojos picarones, gran entusiasmo y vitalidad. Vivía la cultura desde sus raíces populares más profundas, la generaba y potenciaba incesantemente.
¿Dónde andará ahora?, quizá esté revolucionando la tranquila siesta de los duendes, instigándolos a hacer travesuras, tal vez él mismo sea un duende sombrerudo que inspire a los poetas, aún más, me lo represento nadando en un mar de letras revisando sus anecdotarios, charlando con el Viejo Horqueta que era su otro yo, con doña Deolinda que prepara su escoba para correrlo con golpes en la espalda por picarón, sentado en un bar como siempre, compartiendo con amigos unos tragos y alimentando su desbordante imaginación. Finalmente el viejo se tomó un buen descanso…
Estoy triste por su ausencia física, pero muy contento de haberlo conocido y disfrutado hasta sus últimos días. Hay personas, mejor dicho, personajes, como Francisco que no mueren nunca, siempre estará su alegría en mi corazón y en el de todos los que lo conocimos y compartimos su alegría. |