Por Christian Vitry
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El grabado muestra a los Inkas del Kollasuyu realizando una ofrenda (corpachada) de una llama y alimentos a la montaña. El cerro posee una cueva con otra ofrenda, posiblemente una capacocha. Se le ofrece a la tierra lo que se espera de ella.
Grabado de Felipe Guamán Poma de Ayala, nativo bilingüe (1540-1620), cronista de la época colonial. |
Corpachando a la Pachamama
En el mes de agosto se realiza en los Andes el ritual de alimentar a la tierra, el rictus es denominado corpachada, convido o pago y se trata de una ceremonia con profundas raíces prehispánicas. El alimento ritual para la tierra esta relacionado con el ciclo agrícola y la fertilidad; con el mundo de los vivos y los ancestros; con el hombre y el paisaje; elementos que se encuentran integrados en un solo mundo imposible de desagregar.
La Madre Tierra o Pachamama es una de las deidades femeninas más importantes del mundo andino. La Pachamama es el inicio y fin de cualquier actividad terrena o divina de la que participe el solicitante andino. El trabajo rural y la tecnología andina aplicada al mismo poseen características bi-dimensionales, son empíricas y simbólicas. Ambos aspectos forman una unidad indisoluble, de manera tal que todas las actividades que sustentan la vida material de los campesinos están relacionadas con actividades sagradas, cada acción que realizan está precedida de algún tipo de ceremonia a la pachamama. Se entabla un sistema de mutua cooperación y/o relación de reciprocidad tanto entre los miembros de diferentes familias o ayllus, como también entre éstos y la tierra.
La religión andina posee una relación metafórica y material con la naturaleza. El campesino y la tierra constituyen una unidad indivisible, imposible de comprender uno sin el otro. El ciclo agrícola marcado por las estaciones del año representa el Norte de la vida rural y ritual. En este contexto surge la deidad telúrica Pachamama o Madre Tierra, que en esencia es productiva y vela por sus hijos, los cuales la alimentan para darle poder y vitalidad, con el objeto que ésta les devuelva los dones protegiéndolos y brindándoles alimentos. Pero también se trata de una deidad que manifiesta la dicotomía entre el dar y quitar, pues así como propicia y cuida, también castiga y reclama sacrificios. Es benévola, pero también vengativa, caprichosa, arbitraria e impredecible. Por ello es respetada y temida.
Para corpachar o alimentar a la tierra se hace un pozo que representa la boca de la pachamama, generalmente se realizan en los patios de las casas y escuelas, en plazas, campos de cultivo, rastrojos o corrales. En la naturaleza hay lugares específicos como las cuevas, lagunas, pasos montañosos, cumbres de montañas y vertientes de agua o puquios.
A diferencia de otras religiones que poseen lugares fijos para la realización de los rituales (iglesias, templos, mezquitas, etc), el caso de la pachamama es más dinámico, puede hacerse el pago a la tierra en cualquier lugar. Es costumbre, incluso en la ciudad, antes de empezar a beber ofrecer el primer trago a la pachamama, arrojando un chorro a la tierra.
Algunos autores, vinculan físicamente el ritual con “Las partes más altas del territorio, especialmente las cumbres de las montañas (que) están asociadas a las antiguas deidades, o son la personificación de ellas o se consideran como sus residencias habituales o temporales, sus “aposentos” . En general, las tierras altas se consideran dominios sagrados” (Sánchez Garrafa, 1999:96).
Esta línea de interpretación nos sirve de base para hacer analogías respecto a otros ritos que, si bien son diferentes, poseen a nuestro parecer un sustrato en común. Tal es el caso de las Capacochas u ofrendas humanas realizadas en las cimas de las montañas hace cinco siglos por parte de los Inkas durante su dominio cultural en los Andes Meridionales. Los niños del Llullaillaco y otros cuerpos hallados en las montañas formarían parte de este ritual.
Capacochas y Pachamama
Veamos brevemente cómo era la ceremonia de la capacocha o capac-hucha. Las acclla-capacochas (acclla = virgen del sol) viajaban centenares de kilómetros con destino al Cusco y representaban a cada una de los cuatro suyus o "provincias" que conformaban el Tahuantinsuyu. Transitaban por los sólidos caminos construidos por el vasto imperio, acompañadas de las huacas (ídolos o dioses adorados) más importantes de su tierra natal, integraban además la cohorte los curacas y representantes más notables (políticos y religiosos) de las provincias conquistadas. Una vez en el Cusco, las acllas adoraban al Sol, al Rayo y las momias de la dinastía real que eran los principales dioses. Algunas acllas eran sacrificadas allí en honor al Sol, el resto, una vez concluidos los rituales políticos-religiosos, emprendían la retirada rumbo a su lugar de origen, donde finalmente, y en el marco de una gran celebración regional, sus vidas eran cedidas al astro rey, en la cima de alguna montaña u otro sitio considerado importante para tal fin.
Llama la atención la coincidencia de algunos elementos que forman parte del rictus de alimentar a la tierra (corpachada) con los de la capacocha. El pozo, la comida, la bebida, la ofrenda más preciada –ya sea niños o los mejores ejemplares del ganado- y la ocasión especial que motiva tal entrega. Cuando se ofrendan animales, que no es una práctica muy común, a éstos se los florea, es decir, se les colocan trocitos de lanas de diferentes colores en todo el cuerpo, es una forma de vestirlos con la mejor ropa. Según un informante puneño, “los animales se florean para que estén hermosos, es como cuando los chicos hacen la comunión que se ponen una ropa especial”. De acuerdo al registro arqueológico y los datos etnográficos, los niños ofrendados por los inkas en las cimas de las montañas eran elegidos por su belleza y salud, además vestidos con las mejores ropas y acompañados con alimentos y objetos de gran valor social y religioso.
Salvando las diferencias y los motivos culturales circunstanciales de la corpachada a la Pachamama y la capacocha en honor al Inka-Sol, aparentemente el sentido de “pago” a la tierra y la acción de otorgar a las deidades ya sea alimentos o vidas, con la finalidad de ser retribuidos subyace y es compartido en ambos casos. Se le da a la tierra lo que se espera de ella, por ello las ofrendas siempre representaron y representan aún lo mejor que la comunidad posee, para ser retribuidos de igual manera. Tal vez, Los niños del Llullaillaco y otras vidas cedidas a los dioses en la cordillera, sean las preciosas corpachadas de un poderoso estado, otorgadas mediante un milenario rictus a la Madre Tierra y el Padre Sol.
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