En la cordillera del Himalaya, ubicada en el continente asiático, se encuentran los 14 picos de más de 8.000 metros y, 125 montañas superiores a 7.000 metros; esto quiere decir, que en esa cordillera hay un poco más de 140 cerros superiores al Aconcagua (6.962 m), que es la mayor altura de América y del Hemisferio Sur y Occidental.
Para los montañistas de todos los continentes, el Himalaya, representa un desafío mayor, un sueño nada fácil de conseguir, sea por razones económicas o por el propio reto en sí.
Tuve la fortuna de formar parte de una expedición Argentina al Himalaya, un sueño largamente anhelado, desde aquel ya lejano año de 1978, cuando hice mi “primera alta montaña”, a la fecha, transcurrieron 30 años. Si bien tuve otras oportunidades para ir, no se dieron en momentos óptimos de mi vida, donde deben conjugar varias estrellas para que cierre el círculo, tales como estudio, trabajo, familia, recursos, experiencia, preparación física y técnica, entre otros.
La vivencia en la montaña fue intensa, maravillosa, enriquecedora y con un desenlace que deja un sabor agridulce, pues, ocurrió lo mejor y lo peor que puede pasar en esta actividad, desde la alegría de coronar la cima de una de las montañas más altas del planeta, hasta la pérdida de un querido amigo que, en busca de un sueño, no regresó de las alturas. Sin duda un tributo demasiado caro, el mayor que este deporte puede llegar a exigir.
El montañismo es una actividad que pocas personas llegan a comprender, lamentablemente, es conocido por la tragedia y no por los logros que representan la abultada mayoría. Vemos en estos días, ante una tragedia ocurrida en el K2, la segunda montaña más alta del mundo, titulares que versan “montaña asesina” y frases por el estilo. No existen montañas asesinas ni montañistas suicidas. Como muchos deportes, el montañismo es una actividad que tiene riesgos, pero lejos está el hecho que los montañistas vayan a arriesgarse. Para ello, existen los clubes de montaña o las personas de experiencia que se encargan de formar e instruir a nuevas generaciones, para que puedan disfrutar del deporte asumiendo la menor cantidad de situaciones riesgosas posible. Preparación física y técnica son la clave, el tiempo da la templanza que otorga la experiencia.
En abril del presente año partimos cuatro amigos desde Argentina con destino a Katmandú, capital de Nepal. Una ciudad bulliciosa y colmada de colores, olores y sabores, que resultan novedosos para nuestros sentidos urbanos y occidentales. La gente amable y simpática parece no tener maldad. Plagada de templos budistas e hinduistas, donde las personas diariamente rezan y hacen ofrendas. Estos templos de uso cotidiano, muchas veces, llegan a tener más de dos mil años de antigüedad, verdaderas reliquias arqueológicas que no perdieron vigencia en la cultura local.
El acercamiento a la montaña se inició en un poblado denominado Beni, situado a 900 metros sobre el nivel del mar. Las temperaturas elevadas y alto índice de humedad relativa, propia de las regiones selváticas subtropicales. Una senda bien marcada que atraviesa por una irregular topografía montañosa, serpentea entre bosques, selvas, pastizales y profundas quebradas. A lo largo de seis días, los ojos se maravillan ante tanta imponencia del paisaje y la belleza de las diferentes aldeas plagadas de terrazas de cultivo dibujadas en las laderas con diferentes tonalidades de verde.
El segundo día de marcha, entre el verde intenso de los bosques, aparece como telón de fondo la blanca e imponente cordillera del Himalaya. Su inmensidad es inconmensurable, emociona hasta las lágrimas su contemplación y resulta difícil describir una sensación tan intensa.
El campamento base, ubicado a una altura de 4.800 metros, es una aldea multicolor, con decenas de carpas de diferentes países, donde un hervidero de montañistas, porteadores y sherpas, planifican y sueñan con la inmensa mole que se despliega frente a los ojos.
El Dhaulagiri es una montaña con cierta dificultad técnica, especialmente, a partir de los 6.700 m, donde la pendiente es más abrupta y los efectos de la altura se hacen notar. El 1 de mayo, partimos desde el último campamento (7.400 m) todos los expedicionarios de las distintas nacionalidades rumbo a la cima, aprovechando una ventana de buen tiempo pronosticada para ese día. Más de veinte montañistas formábamos una larga y esparcida fila en la “Montaña Blanca”, el cielo estaba despejado y cada tanto un vendaval cubría de nieve las antiparras. La baja temperatura congelaba el vapor de la respiración formando innumerables gotas de hielo en la barba y cabellos, incluidas pestañas y cejas. A 8.000 metros uno está en un estado repermanente agitación, cuesta realizar esfuerzos, como también estar lúcidos.
Cerca de las cuatro de la tarde, con un cielo que se empezó a plagar de nubes, logramos pisar la cumbre del Monte Dhaulagiri, que, con sus 8.167 metros de altura, es la séptima montaña más alta del mundo. Mis tres compañeros desistieron del intento, Guillermo y Sebastián llegaron hasta el último campamento (7.400 m) y Darío, hasta los 7.700 metros aproximadamente.
La montaña me permitió estar en lo más alto y materializar un sueño anhelado, también, me permitió regresar junto a mis seres queridos.
Christian Vitry
|