Christian Vitry
Durante la primera quincena de enero de 2007 se llevó a cabo una campaña científica del Museo de Arqueología de Alta Montaña (Salta) al Llullaillaco, cuyo objetivo fue dejar en la cima nuevos instrumentos de medición ambiental y disponer de más datos del sitio arqueológico y lugar donde se encontraron tres momias incas en el año 1999. Makalu Indumentarias, que desde hace un tiempo tomó la importante iniciativa de colaborar con las investigaciones arqueológicas de alta montaña, donde el deporte y la ciencia van de la mano, puso a disposición y prueba sus equipos y diseños experimentales en esta gran montaña adorada por los incas.
El volcán Llullaillaco, con sus 6.739 metros de altura, es una de las montañas más altas de América, fue para los Incas un objeto de veneración y culto, quienes en algún momento del siglo XV ofrendaron la vida de una pareja de niños de seis años y una jovencita de quince, en una ceremonia religiosa conocida como “Capacocha”. En el año 1999 en el marco de una expedición científica financiada por National Geographic Society se extrajeron los tres cuerpos junto al ajuar funerario que los acompañaba. Las condiciones climáticas reinantes en tanta altura favorecieron el estado de conservación de todos los bienes que son custodiados y parcialmente exhibidos en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, creado en 2004.
En verano de 2005 habíamos dejado en la cima del volcán a casi un metro de profundidad, dos censores que registrarían cada cuatro horas la temperatura y la humedad durante más de un año, dichos instrumentos los retiramos en diciembre de 2006 e inmediatamente preparamos otra expedición para dejar nuevos censores para que permanezcan por más tiempo en la cima. Los resultados obtenidos del primer registro de 18 meses fueron un éxito, pues sirven para las tareas de investigación y conservación de los delicados objetos arqueológicos.
Los compañeros de montaña son determinantes en cualquier expedición, más aún cuando se tiene que ascender tan alto y realizar un trabajo físico. Como en oportunidades anteriores tuve la grata compañía de un par de amigos, Griselda Moreno que es periodista y sacó todas las fotografías de la expedición y Jaime Soriano un fuerte montañista de la Puna, ambos acababan de regresar del Pissis. Pero eso no es todo, aprovechando la partida se sumaron otros amigos con quienes venimos compartiendo numerosas montañas: Emilio González Turu (Salta), Mario Cabrera (Córdoba), Gerardo Casaldi (San Francisco) y Leonardo Strazzere (Bahía Blanca). Para completar el equipo, coincidimos durante toda la expedición con un grupo de catalanes, dos de ellos guías de montaña y ochomilistas: Oscar Cadiach i Puig, Iñigo de Pineda, David Verve y Eladio Blanco, acompañados por el montañista salteño Rafael Küehl.
El Llullaillaco es un volcán relativamente poco frecuentado, su lejanía y difícil acceso hacen que permanezca aislado de las actividades deportivas, pero para los que logran acceder el premio es superlativo. Su imponente figura que emerge entre los blancos salares, los distintos tonos ocres del desierto, sus ricas leyendas de mineros, arrieros, exploradores y, su historia prehispánica como montaña adorada, la transforman en un objetivo más que interesante, un condimento especial para el montañismo que lo tenemos en la cordillera andina y que debemos cuidar y respetar.
La expedición
Partimos desde la ciudad de Salta y el tiempo empleado para toda la expedición fue de 9 días. El primero se llega a la localidad puneña de Tolar Grande, un poblado de unas 150 personas que surgió a la vera del ferrocarril y tuvo su momento de gloria cuando éste funcionaba con frecuencia.
En Tolar Grande hay un cómodo hospedaje de la municipalidad que se complementa con algunas casas de familia donde se puede encargar la comida. Ubicado a casi 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar representa un lugar ideal para aclimatarse, con una variada gama de paisajes y atractivos que los puneños se encargan de promocionar y compartir con mucho entusiasmo, desde el Salar de Arizaro, uno de los más grandes del mundo, hasta cavernas de sal, ojos de agua, desierto rojizo, volcanes nevados, corrales de llamas, pueblos abandonados y la cordialidad de la gente que transforman a este paraje en un oasis en el corazón de la puna.
Tolar Grande es el último poblado antes del Llullaillaco y dista de éste unos 200 kilómetros. La ruta más frecuentada por su accesibilidad es la Sur, se llega en camionetas de tracción simple sin ningún problema, pasando por el Establecimiento minero La Casualidad, un gigantesco pueblo fantasma, donde miles de personas habitaron durante varias décadas y que fue abandonado en 1978, está a 130 Km de Tolar Grande.
Nuestros vehículos llegaron hasta una altura de 4800 metros, donde decidimos instalar el campamento base, desde donde al día siguiente hicimos un traslado de equipo hasta el campamento de altura ubicado 1.000 metros más arriba que es el lugar donde se consigue agua en esta montaña, ya sea por los planchones de nieve o bien por la presencia de cursos y cuerpos de agua que forman lagunitas de agua potable. Esta particular forma en que el agua se manifiesta fue estudiada por nosotros y que denominamos “cota de agua”, la que se encuentra entre los 5.400 y los 5.800 metros aproximadamente. Esto tiene coherencia con el origen del nombre del volcán, donde “llulla” significa mentira, engaño, ocultamiento, y “yaco” agua. La mayoría de las montañas tienen sus vertientes en la base, ésta no, el agua se ubica en la mitad del cerro.
En la cumbre sagrada
Salimos desde el campamento de altura a las 6 hs trasladando el equipo y herramientas para trabajar en la cumbre, a la que llegamos tres horas después. El Llullaillaco no presenta dificultades técnicas pero requiere de buen estado físico y óptima aclimatación. Entre los 5.800 y 6.500 metros la pendiente se escarpa y el terreno es más blando, lo cual requiere de mayor esfuerzo. Esta característica se manifiesta en todas las rutas de esta montaña accediendo por Argentina.
A media mañana junto a Jaime nos encontrábamos cavando en un sector de la cima mientras Griselda documentaba la actividad con la cámara fotográfica y filmadora. Cuando el pozo alcanzó el metro y medio instalamos el primer datalogger, instrumento que sirve para registrar la temperatura y humedad, posee una pila resistente a las bajas temperaturas y una memoria interna que se programa con la computadora, en este caso, se programó el instrumento para que tome datos cada cuatro horas y durante tres años, momento en el cual regresaremos para extraerlos y poder bajar la valiosa información ambiental.
Hasta cerca del medio día el tiempo nos acompañó en la cumbre con un hermoso sol, para después nublarse y comenzar a nevar. Como en casi todas cumbres, el paisaje y la visibilidad del Llullaillaco es un espectáculo inolvidable. No hay otra montaña tan alta en las proximidades del volcán, por ello todo está por debajo de éste, creando una perspectiva como pocas, donde se contrastan los salares con las cónicas siluetas de los volcanes y una diversa gama de tonalidades ocre, desde la más clara hasta el color negro de las coladas de lava.
Poco antes de descender arribaron a la cumbre nuestros compañeros de viaje, los catalanes ochomilistas Oscar Cadiach i Puig e Iñigo de Pineda, con quienes nos dimos un fuerte abrazo y bajamos juntos hasta el campamento intermedio, donde estaban nuestros amigos aclimatando y preparándose para ir a la cumbre al día siguiente.
Llullaillaco como Patrimonio de la Humanidad
Muchas de nuestras montañas en los Andes poseen el valor agregado de haber sido objetos de culto por parte de las culturas precolombinas. Actualmente estamos trabajando para incluir al volcán Llullaillaco en la Lista del Patrimonio Mundial, concretamente en el proyecto Qhapaq Ñan – Camino Principal Andino, en el cual seis países andinos que comparten la extensa red de caminos incaicos trabajan para una declaratoria en común. El Llullaillaco tiene caminos arqueológicos desde la base a la cima, siendo éstos los más altos que la humanidad haya construido.
En los Andes, subir una montaña no es solo una cuestión deportiva, ya que se trata de lugares con una carga simbólica que no podemos ignorar y, aunque el tema no nos llegue o interese debemos conocer lo básico para no ocasionar daños que pueden resultar irremediables sobre el patrimonio cultural. Por ello, somos los montañistas quienes debemos colaborar para que los sitios arqueológicos y la historia que atesoran se conserven por siempre y para el disfrute de las generaciones venideras. |