Christian Vitry
En la cordillera del Himalaya, ubicada en el continente asiático, se encuentran los 14 picos de más de 8.000 metros y, 125 montañas superiores a 7.000 metros; esto quiere decir, que en esa cordillera hay un poco más de 140 cerros superiores al Aconcagua (6.962 m), que es la mayor altura de América y del Hemisferio Sur y Occidental.
Para los montañistas de todos los continentes, el Himalaya, representa un desafío mayor, un sueño nada fácil de conseguir.
En abril de 2008 un grupo de cuatro argentinos partimos rumbo al continente asiático en busca del Monte Dhaulagiri, de 8.167 m, la séptima montaña más alta del mundo. Nuestro equipo estuvo integrado por Darío Bracali, Guillermo Glass, Sebastián Cura y mi persona. En España se sumó Pablo Solsona, quien nos acompañaría hasta la base de la montaña. La expedición fue realizada en “estilo alpino”, es decir, prescindiendo de muchas comodidades que suelen tener las expediciones al Himalaya. Esto significa que fuimos sin sherpas, que son un grupo étnico mongol que habita en el Himalaya y se han especializado como guías y baquianos, tampoco contamos con guías, ni oxígeno adicional y transportamos nuestras propias mochilas todo el tiempo.
Nuestro amigo y líder de la expedición, Darío Bracali, escribió unas críticas frases que, por oposición, definen el espíritu que deportivo de nuestro intento al Himalaya:
“Subir un ochomil se ha convertido, en definitiva, en un ejercicio para aristócratas de la montaña, que no pueden vivir 20 días sin cocinero. Esta filosofía genera campamentos que parecen ciudades, enormes basurales y contaminación de todo tipo, comenzando por la de la experiencia… Toda esta infraestructura supone una caravana de yaks y, para los más ortodoxos, lujos que van desde porteadores de altura que instalan campamentos donde sea, hasta campos base con grupo electrógeno, luz, música, teléfono e Internet. Y esto no es percibido, como un estilo preferible sobre otros sino como la única opción.
Se altera en definitiva la esencia del deporte, aquella de llegar donde quiero ir por mis propios medios y llevando lo mío, que me cuesta y por ende lo valoro y que debe ser no más que lo indispensable.”
El Monte Dhaulagiri podría ser considerado como “la montaña de los argentinos”, pues es la montaña del Himalaya que más intentos y visitas argentinas recibió, desde las pioneras expediciones de 1954 y 1956, pasando por las de1981 y 1989, hasta las más recientes de 2004 y 2008.
El montañismo es una actividad que pocas personas llegan a comprender, lamentablemente, es conocido por la tragedia y no por los logros que representa la abultada mayoría. Como muchos otros deportes, el montañismo también es una actividad que tiene riesgos, pero lejos está el hecho que los montañistas realicen un ascenso por el sólo hecho de arriesgarse. Es por esta razón que existen los clubes de montaña o las personas de experiencia que se encargan de formar e instruir a nuevas generaciones, para que puedan disfrutar del deporte asumiendo la menor cantidad de situaciones riesgosas posibles. Preparación física y técnica son la clave, el tiempo da la templanza que otorga la experiencia es fundamental. No existen montañas asesinas ni tampoco montañistas suicidas.
Katmandú, capital de Nepal, es el punto de inicio de la sexta expedición argentina al Dhaulagiri. Una ciudad bulliciosa y colmada de colores, olores y sabores, que resultan novedosos para los sentidos urbanos occidentales. La gente amable y simpática parece no tener maldad. Plagada de templos budistas e hinduistas, donde las personas diariamente rezan y hacen ofrendas. Estos templos de uso cotidiano, muchas veces, llegan a tener más de dos mil años de antigüedad, verdaderas reliquias arqueológicas que no perdieron vigencia en la cultura local.
El acercamiento a la montaña se inició en un poblado denominado Beni, situado a 900 metros sobre el nivel del mar. Allí las temperaturas son elevadas y el alto índice de humedad relativa definen el ambiente propio de las regiones selváticas subtropicales. Una senda bien marcada que atraviesa por una irregular topografía montañosa, serpentea entre bosques, selvas, pastizales y profundas quebradas.
A lo largo de seis días, los ojos se maravillan ante tanta imponencia del paisaje y la belleza de las diferentes aldeas rodeadas de terrazas de cultivo dibujadas en las laderas con diferentes tonalidades de verde.
El segundo día de marcha, entre el verde intenso de los bosques, aparece como telón de fondo la blanca e imponente cordillera del Himalaya. Su inmensidad es inconmensurable, emociona hasta las lágrimas su contemplación y resulta difícil describir una sensación tan intensa.
El campamento base, ubicado a una altura de 4.800 metros, es una aldea multicolor, con decenas de carpas de diferentes países, donde un gran contingente de montañistas, porteadores y sherpas, planifican y sueñan con la inmensa mole que se despliega frente a los ojos. Este lugar es el punto de llegada de casi todos los montañistas que pretenden subir a la cima y que por lo general arriban en helicóptero.
Los sherpas de cada expedición montan un pequeño mojón con rocas, el cual sostiene un mástil y desde donde salen las banderas de oración del budismo tibetano. La ceremonia que se realiza es conocida como “puja” y tiene la finalidad de pedirle permiso y protección a la montaña para el ascenso. Las banderas tibetanas poseen oraciones escritas del mantra y son de cinco colores (rojo, amarillo, verde, azul y blanco) que representan las cinco familias de Buda y los cinco elementos de la naturaleza (azul-espacio, blanco-agua, rojo-fuego, verde-aire y el viento, amarillo-tierra).
El propósito principal de las banderas de oración es ser colgadas donde el viento pueda activar las oraciones y bendiciones y transmitirlas en el paisaje y su gente. El sol, el viento y la lluvia las desgastarán con el tiempo, lo que proporciona un recordatorio de que todas las cosas son impermanentes o temporales y que necesitan renovación. Nuestra expedición tuvo su puja, pero, a diferencia del resto, fue complementada con la ceremonia a la pachamama, donde los sherpas presentes pudieron conocer nuestra relación con la madre tierra y también probar las hojas de coca.
El Dhaulagiri es una montaña con cierta dificultad técnica, especialmente, a partir de los 6.700 m, donde la pendiente es más abrupta y los efectos de la altura se hacen notar.
Todos llegamos el 30 de abril al campo 3 (7400 m), allí el mal tiempo y el escaso lugar (estamos hablando de una ladera de 40 grados de inclinación) nos dificultó poder armar dos carpas, por ello armamos solo una, donde debimos pasar la noche los cuatro. Pocas horas después, sin haber descansado por la incomodidad, Darío y yo decidimos continuar el ascenso. Sebastián se había enfriado las manos y Guillermo estaba cansado, ambos no pudieron seguir y tuvieron que retornar hacia el campo 2. Es aquí donde Sebastián se da cuenta de las severas congelaciones sufridas en ambas manos, eso apresuró el descenso.
El 1 de mayo salimos entonces con Darío decididos a conquistar la cumbre, partiendo de este últmo campamento (7400 m) junto a los demás expedicionarios de las distintas nacionalidades, aprovechando una ventana de buen tiempo pronosticada para ese día. Éramos más de veinte montañistas los que formábamos una larga y esparcida fila en la “Montaña Blanca”, el cielo estaba despejado y cada tanto un vendaval cubría de nieve las antiparras. La baja temperatura congelaba el vapor de la respiración formando innumerables gotas de hielo en la barba y cabellos, incluidas pestañas y cejas.
Al llegar a la altura de 7800 metros Darío estaba muy cansado, sus piernas temblaban y decidimos bajar. Yo estaba bien, con mucho resto físico, pero no iba a dejar solo a mi amigo, renuncié a la cumbre. Luego de descender unos 200 m nos cruzamos con Rafael Guillen y Jesús Morales, otros montañistas. Rafael también estaba exhausto y tenía que bajar, Jesús estaba bien y quería continuar, entonces acordamos con Darío que él bajaría con Rafael y yo continuaría con Jesús para intentar la cima, al alcanzar los 8000 metros cuesta realizar esfuerzos, como también estar lúcidos y se está en un estado de permanente agitación.
Cerca de las cuatro de la tarde, con un cielo que se empezó a plagar de nubes, finalmente logré pisar la cumbre del Monte Dhaulagiri. Aquí me sentí invadido por una sensación de paz y satisfacción al haber dado el último paso de un gran objetivo, si hubiese estado con algunos de mis amigos hubiese llorado, pero la cima fue una emoción seca, un palpitar acelerado del corazón y unos demandantes pulmones que se esforzaban por captar lo máximo de un enrarecido aire. Me sentí contento, pleno, emocionado, muy feliz de tocar el cielo de unas de las montañas más altas del mundo con mis propias manos. No se trataba sólo de la cima de una montaña, era estar parado en el propio mito e historia del Himalaya, una cordillera que siempre estuvo presente en mi vida. Por mi mente pasaron rostros y momentos vividos a lo largo de 30 años de actividad deportiva, anhelaba estar con muchos de mis amigos de montaña compartiendo ese momento, esa fue mi veloz imaginación y anhelo, pero estaba solo, solo con circunstanciales compañeros, pero muy feliz de haber cumplido mi propio sueño y desafío de estar donde estaba.
La cumbre fue compartida con la aragonesa Marta Alejandre, la polaca Kinga Baranowska y el catalán Jesús Morales, con quienes, luego de unos minutos de festejo emprendimos el retorno.
A poco de descender, Jesús Morales entró en una especie de estado de pánico y le costaba bajar por sus propios medios. Ayudé a Jesús en un descenso que se hizo lento y muy peligroso, pues la noche nos encontró a unos 7.800 metros. Marta, que se había adelantado nos esperó y bajamos los cuatro juntos. Finalmente llegamos al campo 3 a las 2 de la madrugada, luego de 24 hs de gran esfuerzo. Yo estaba muy cansado y, a raíz de la ayuda prestada Jesús, en un momento perdí un guante y se me habían enfriado las manos, ingrese a la carpa y Darío me recibió con agua caliente y jugo, le comenté entonces que Jesús no podía seguir solo y que yo no estaba ya en condiciones de hacer los cien metros que separaban nuestras carpas. Darío salió de su bolsa, se cambió y fue con Jesús hasta su tienda.
La mañana del 2 de mayo, Darío me comenta que había decidido intentar la cumbre al día siguiente. Hablamos en profundidad sobre el asunto y la conveniencia del intento, pero su decisión estaba tomada, así que decidí quedarme en el campamento a esperar su retorno. Cambiamos la carpa a un lugar más seguro y plano nos dimos a la tarea de descansar y derretir nieve para hidratarnos.
La madrugada del sábado 3 de mayo, en medio de la neblina y la gélida ventisca nocturna Darío decidió partir en solitario rumbo a la cima, sus pisadas en la nieve y la tenue luz de la linterna no demoraron mucho en desvanecerse y confundirse con el ruido y color del viento. Había transcurrido más de un día y me encontraba completamente solo en una pequeña carpa que tambaleaba con el fuerte viento de la cordillera más alta del mundo, pero no podía detenerme a pensar en mí, yo estaba bien, en mis pensamientos sólo estaba mi amigo que aún no llegaba y a cada instante esperaba verlo entrar en la carpa. Ya llevaba cuatro noches a 7.400 m y el quinto día se estaba esfumando junto con las esperanzas de su retorno y el buen tiempo. Me resistía a aceptar lo que estaba ocurriendo y seguía aferrado a la esperanza y al milagro de su retorno.
A medio día decidí llamar desde el teléfono satelital al ecuatoriano Iván Vallejo, que con el Dhaulagiri completó sus 14 ochomiles, ¿quien mas que él podía ayudar a poner en claro mi mente y corazón?, no contestaba, le dejé un mensaje de voz. Observo un mensaje de texto de Pablo Solsona (nuestro compañero de la primera parte de viaje y que ya estaba en Madrid) que decía “Tenés que bajar y con cuidado. Es vida o muerte”. Era conciente de ello, pero no podía bajar con tanta incertidumbre, con el peso de no saber qué le había ocurrido a mi amigo allá arriba…
A las 16,30 hs enciendo nuevamente el teléfono y veo un nuevo mensaje de texto, era de Iván Vallejo, el mismo decía algo que caló en lo más profundo de mi ser y fue el detonante para empezar a descender: “Querido Cris tenés que bajar. No puedes estar más tiempo arriba. Te esperan tus hijas con su amor”. El mensaje me sacudió y me hizo reflexionar acerca de la realidad del asunto, no podía seguir en ese lugar, mi vida estaba en serio riesgo por cada minuto que transcurría. A pesar de lo avanzado del día decidí descender, prefería la oscura noche al temporal que se avecinaba. Dejé a Darío la carpa armada y equipada con cinco litros de agua, un termo con té caliente, comida liofilizada, chocolates, fiambres, el calentador y tres cartuchos de gas, la radio con algo de batería aún. Si llegaba podría subsistir varios días en la carpa. Le dejé una nota comentando sobre mi descenso para pedir ayuda.
Con sumo cuidado descendí desescalando por la expuesta ladera de hielo, la niebla desdibujaba todo horizonte, me sentía flotando en un mundo blanco aferrado a la punta metálica de los crampones de mis botas y la piqueta, la nevada de los últimos dos días había cubierto las cuerdas y estacas que indicaban el camino. Al anochecer, seguía descendiendo con la linterna frontal encendida. En un momento, atravesando un sector con hielo duro y cristalino como vidrio, el crampón de mi bota no se clavó y resbalé, caí por la ladera unos 70 metros, la punta de la piqueta raspaba contra el duro hielo sin poder frenarme, hasta que por fin lo hizo. En la caída perdí el gorro de polar y la linterna frontal, cuya luz viajaba a gran velocidad ladera abajo. Me frené a escasos dos metros de una profunda grieta. Mi mano derecha fuertemente aferrada a la piqueta y ésta clavada unos pocos milímetros en el hielo, milímetros que marcaban una línea entre la vida y la muerte. Mis pulmones parecían estallar luego del esfuerzo realizado. Quedé tendido unos minutos hasta que mi estado se normalizara y pudiera recobrar la frialdad y serenidad necesaria para evaluar la crítica situación en la que me encontraba.
Luego de reponerme de la agitación y en penumbras, observé a mi izquierda un sector oscuro (grieta o abismo) y a mi derecha uno claro (terreno firme). Con sumo cuidado desescalé un par de metros casi verticales y me ubiqué en el labio de la grieta, con una pierna hacia el interior de la misma y la otra ladera abajo. Allí decidí quedarme, no tenía otra opción segura, me aseguré con la cuerda a la montaña, acondicioné el lugar tallando una especie de montura y allí pasé la noche sentado, a una altura de 7.100 m.
Tomé el último sorbo de líquido antes que se congelara, pues la temperatura debió rondar los veinte grados bajo cero, comí unos chocolates y traté de no dormirme hasta el amanecer, no sólo eso, hice un ejercicio mental para no pensar, tenía mi mente en blanco, solo pensaba en el segundo que tenía por delante y en controlar mis extremidades para que no se enfríen. Sin embargo en mi cabeza tenía una imagen y un sonido que me daban cierta paz, o al menos me ayudaron a tener la mente en blanco, la imagen de los ojos de Buda que tanto me habían impactado en el templo de los monos, en las afueras de Kathmandú, y la melodía del “Om Mani Padme Hum”, el cántico repetitivo de que se siente en los templos budistas, cosa extraña para un agnóstico, pero es lo que me sucedió. Era a segunda noche consecutiva que debía pasar sin dormir, pero si de algo estaba convencido, era de que lo iba a lograr, los ojos se me cerraban y mi cuerpo reclamaba descanso, pero no podía sucumbir a la enorme tentación de las sirenas de Morfeo, hacerlo hubiese significado el fin.
La situación no era buena, pero estaba controlada, me sentía tranquilo y seguro de lo que hacía. Las primeras luces del amanecer me permitieron observar las carpas del campo 2, allí me di cuenta que había equivocado la ruta de descenso. Me encontraba en un lugar muy complicado, justo donde se suelen producir las avalanchas. Con el mayor de los cuidados fui bajando, tratando de no romper el sutil equilibrio de ese glaciar colgante, saltando grietas de todo tamaño y cruzando algunas paredes de escasos metros, pero casi verticales. Se nubló y nuevamente quedé sin visibilidad, pero sabía el rumbo que debía seguir para llagar al campamento.
Al medio día del 5 de mayo llegué finalmente al campamento 2, ubicado a 6.770 metros, un poco más alto que la cima del Llullaillaco. Los sherpas Passang Sherpa y Ang Gelbu Sherpa tenían preparada una carpa, bebida caliente, comida y jugo, me metí en la carpa y no salí más hasta el siguiente día.
Allí finalmente me pude relajar, teniendo la certeza de que había sorteado la parte más difícil de montaña y había salido ileso de la dura partida, mi vida me pertenecía nuevamente. Encendí el teléfono satelital e inmediatamente sonó, era Pablo Solsona desde Madrid, quien manifestó su enorme alegría y alivio por comunicarse y saberme vivo y entero allí me di cuenta que mis familiares y amigos llevaban dos días sin saber nada de mi, a sabiendas que Darío había desaparecido sin ninguna posibilidad de retorno.
Esa noche logré dormir de a ratos, pues, me parecía sentir las voces de mis compañeros y, más de una vez, me incorporé preguntando si estaban por allí, pero no, las voces eran mis propios fantasmas, los cuales seguramente me acompañarán siempre, pues, una parte importante de mi vida quedó en el Himalaya, esa hermosa cordillera que, muchas veces, cobra un tributo muy caro a los soñadores que se animan a tocar el cielo.
Como colofón de este relato, y para aquellos que no lo conocieron, solo me resta hacer una breve reseña acerca de Darío, nuestro entrañable amigo que quedó en las eternas nieves de la Montaña Blanca.
Darío era como un torbellino, hiperactivo, alegre, generoso, generador de múltiples proyectos, y un gran amigo. El se consideraba un facilitador, con lo cual brindaba espacios para que otros se desarrollen y aprovechen oportunidades. Tenía un sentido muy crítico de la montaña y una línea de acción que le permitía vivir en estilo alpino. Entre los amigos decíamos, está el estilo alpino que todos conocemos y está el estilo Bracali. Estudioso, meticuloso y obsesivo con los proyectos, gran amante de la vida y especialmente de la montaña. Disfrutaba y se emocionaba hasta las lágrimas ante la belleza natural de las cordilleras.
Recuerdo que, cuando realizábamos el acercamiento al Dhaulagiri y, tras atravesar un hermoso bosque, vimos por primera vez esa mole blanca, quedamos paralizados ante tanta belleza, un nudo en la garganta, un par de lágrimas y un silencio profundo llenó el ambiente, hasta que volteó su cabeza y me dijo: “esto ya justifica la inversión del viaje, si tuviese que volver ahora lo haría contento, ya está, me siento feliz”.
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