Esa madrugada del sábado 3 de mayo, en medio de la neblina y la gélida ventisca nocturna, Darío partió rumbo a la cima del Monte Dhaulagiri (8.167 m), sus pisadas en la nieve y la tenue luz de la linterna no demoraron mucho en desvanecerse y confundirse con el ruido y el color del viento. Debió regresar al atardecer, pero nunca lo hizo. Esa noche no dormí haciendo señales con la linterna y ruidos para orientarlo en caso que estuviese cerca del campamento. La madrugada del día 4 amaneció despejado, observé hasta donde pude y nada. Luego se cubrió nuevamente y la visibilidad quedó restringida a pocos metros.
Me resistía a aceptar lo que estaba ocurriendo, habían transcurrido más de 30 horas desde que Darío salió de la carpa, yo seguía aferrado a la esperanza y al milagro. Me encontraba solo, a 7.400 m, ya llevaba cuatro noches y el quinto día se estaba esfumando junto con las esperanzas y el buen tiempo. Las condiciones meteorológicas estaban empeorando. A medio día decido llamar desde el teléfono satelital al ecuatoriano Iván Vallejo, que con el Dhaulagiri completó sus 14 ochomiles, ¿quien mas que él podía ayudar a poner en claro mi mente y corazón?, no contestaba, le dejé un mensaje de voz. Observo un mensaje de texto de Pablo Solsona (nuestro compañero de la primera parte de viaje y que ya estaba en Madrid) que decía “Tenés que bajar y con cuidado. Es vida o muerte”. Era conciente de ello, pero no podía bajar con tanta incertidumbre, con el peso de no saber qué le había ocurrido a mi amigo allá arriba…
A las 16,30 hs enciendo nuevamente el teléfono y veo un nuevo mensaje de texto, era de Iván Vallejo, el mismo decía algo que caló en lo más profundo de mi ser y fue el detonante para empezar a descender: “Querido Cris tenés que bajar. No puedes estar más tiempo arriba. Te esperan tus hijas con su amor”. El mensaje me sacudió y me hizo reflexionar acerca de la realidad del asunto, no podía seguir en ese lugar, mi vida estaba en serio riesgo por cada minuto que transcurría. A pesar de lo avanzado del día decidí descender, prefería la oscura noche al temporal que se avecinaba. Dejé a Darío la carpa armada y equipada con 5 litros de agua, un termo con té caliente, comida liofilizada, chocolates, fiambres, el calentador y tres cartuchos de gas, la radio con algo de batería aún. Si llegaba podría subsistir varios días en la carpa. Le dejé una nota comentando sobre mi descenso para pedir ayuda.
Con sumo cuidado descendí desescalando por la expuesta ladera de hielo, la niebla desdibujaba todo horizonte, me sentía flotando en un mundo blanco aferrado a la punta de los crampones y la piqueta, la nevada de los últimos dos días había cubierto las cuerdas y estacas que indicaban el camino. Al anochecer, seguía descendiendo con la linterna frontal encendida. En un momento, atravesando un sector con hielo cristal, el crampón de mi bota no se clavó y resbalé, caí por la ladera unos 70 metros, la punta de la piqueta raspaba contra el duro hielo sin poder frenarme, hasta que por fin lo hizo. En la caída perdí el gorro de polar y la linterna frontal, cuya luz viajaba a gran velocidad ladera abajo. Me frené a escasos dos metros de una grieta. Mi mano derecha fuertemente aferrada a la piqueta y ésta clavada unos pocos milímetros en el hielo, milímetros que marcaban una línea entre la vida y la muerte. Mis pulmones parecían estallar luego del esfuerzo realizado. Quedé tendido unos minutos hasta que mi estado se normalizara y pudiera recobrar la frialdad necesaria para evaluar la crítica situación en la que me encontraba.
Luego de reponerme de la agitación y en penumbras, observé a mi izquierda un sector oscuro (grieta o abismo) y a mi derecha uno claro (terreno firme). Con sumo cuidado desescalé un par de metros casi verticales y me ubiqué en el labio de la grieta, con una pierna hacia el interior de la misma y la otra ladera abajo. Allí decidí quedarme, no tenía otra opción segura, me aseguré con las herramientas y un tornillo de hielo, acondicioné el lugar tallando una especie de montura y allí pasé la noche sentado, a una altura de 7.100 m.
Tomé el último sorbo de líquido antes que se congelara, comí unos chocolates y traté de no dormirme hasta el amanecer, no sólo eso hice un ejercicio mental para no pensar, tenía mi mente en blanco, solo pensaba en el segundo que tenía por delante, luego en el otro y así. Sin embargo en mi cabeza tenía una imagen y un sonido que me daban cierta paz, o al menos me ayudaron a tener la mente en blanco, la imagen de los ojos de Buda que tanto me habían impactado en el templo de los monos, en las afueras de Kathmandú, y la melodía del “Om Mani Padme Hum”, el cántico repetitivo de que se siente en los templos budistas, cosa extraña para un agnóstico, pero es lo que me sucedió.
La situación no era buena, pero estaba controlada y estaba tranquilo y seguro de lo que hacía. Las primeras luces del amanecer me permitieron observar las carpas del campo 2, allí me di cuenta que había equivocado la ruta de descenso. Me encontraba en un lugar muy complicado, justo donde se suelen producir las avalanchas. Con el mayor de los cuidados fui bajando, tratando de no romper el sutil equilibrio de ese glaciar colgante, saltando grietas de todo tamaño y cruzando algunas paredes de escasos metros, pero casi verticales. Se nubló y nuevamente quedé sin visibilidad, pero sabía el rumbo que debía seguir para llagar al campamento.
Al medio día del 5 de mayo llegué finalmente al campamento 2, ubicado a 6.770 metros, un poco más alto que la cima del Llullaillaco. Los sherpas Passang Sherpa y Ang Gelbu Sherpa tenían preparada una carpa, bebida caliente, comida y jugo, me metí en la carpa y no salí más hasta el siguiente día.
Allí finalmente me pude relajar, teniendo la certeza de que había sorteado la parte más difícil de montaña y había salido ileso de la dura partida, mi vida me pertenecía nuevamente. Esa noche logré dormir de a ratos, pues, me parecía sentir las voces de mis compañeros y, más de una vez, me incorporé preguntando si estaban por allí, pero no, las voces eran mis propios fantasmas, los cuales seguramente me acompañarán siempre, pues, una parte importante de mi vida quedó en el Himalaya, esa hermosa cordillera que, muchas veces, cobra un tributo muy caro a los soñadores que se animan a tocar el cielo.
Christian Vitry |