Christian Vitry
El renombrado Llullaillaco, conocido en el mundo entero por tratarse de uno de los volcanes más altos del planeta y por haber sido el escenario de un hallazgo arqueológico de gran importancia para la ciencia, atesora todavía un sinnúmero de leyendas, muchas de ellas aún desconocidas.
Existe un relato escrito por el Dr. Miguel Jorg que fue publicado en una revista de montaña en la década de 1960, el mismo se refiere a una enorme caverna en el volcán Llullaillaco. Esta publicación motivó a generaciones de exploradores y soñadores a visitar los desérticos paisajes del confín puneño.
En el año 1932, en la localidad puneña de San Antonio de los Cobres, el viejo baquiano Valeriano Pantoja deleitaba los oídos y exaltaba la imaginación de dos jóvenes profesionales que se encontraban en ese pueblo realizando exploraciones sanitarias y estudios de ecología humana. Sin duda, la historia de la “CHUNGARA” del Llullaillaco (cueva, donde se refugiaban los arrieros con sus llamas mientras viajaban a Chile) había conmovido y movilizado a los médicos Salvador Mazza y Miguel Jorg.
En busca de las entrañas del Llullaillaco
No tardaron estos hombres emprendedores en organizar una expedición al gigante andino en busca de la cueva mencionada por Pantoja.
Durante el viaje de acercamiento, que les demandó diez días a lomo de mula por uno de los lugares mas inhóspitos del planeta, el relato del baqueano retumbaba cada vez con mayor fuerza en sus mentes y tal vez la imaginación les describía aquel “gigantesco hueco cónico en el corazón de la montaña, cuyo piso tendría centenares de metros de extensión y cuya altura era inmensurable, pues su techo se habría de perder en la inmensidad del techo que la aloja, chimenea de una cráter volcánico apagado” . En el interior de esta caverna, donde otrora se alojaban centenares de animales, Valeriano hizo referencia de la existencia, entre otras cosas, de restos de fogones, pictografías, herramientas líticas, fragmentos de cerámica y otros materiales manufacturados de culturas prehispánicas.
Una vez en el lugar, los expedicionarios pasaron largas horas tratando de encontrar la boca de acceso, hasta que finalmente dieron con una “abertura chata de 50 - 60 centímetros de altura y quizás un metro de ancho irregular y erizada de filosas rocas quebradas”.
De los seis miembros que integraban el equipo de aventureros, cuatro bajaron al interior de la chungara, el primero en descender fue el salteño “Flaco” Reales, longilíneo hombre oriundo de Luracatao, quien atado a una soga de cáñamo no tuvo problemas en adentrarse, dando luego la voz de aceptación, se trataba de la famosa “chungara”.
Jorg comenta en su artículo: “¡Allí estábamos! La inmensa caverna cuyo piso configura un óvalo que apunta al NE y cuyo largo máximo llega a los 560 metros se mostró efectivamente como un enorme cono, casi un cilindro, cuyo límite superior no era visible pues el haz de luz de nuestras más poderosas linternas de 7 elementos voltaicos, que fácilmente llegaban a 500-600 metros se perdía en el vacío. Por alguna grieta oblicua en las alturas, se filtraba un tenue y neblinoso haz de luz diurna, que no alcanzaba a disipar la lóbrega oscuridad del pétreo recinto.- El ambiente era frío, pero húmedo y sofocante; se advertía que el aire de la caverna no se renovaba por falta de circulación. La pared del cono estaba cubierta de una espesa capa viscosa de líquenes y algas, pero fue imposible descubrir el menos rastro de pictografías”.
Prisionero en el LLullaillaco
Luego de tomar algunas fotografías, filmar y levantar un plano de la cueva los expedicionarios emprendieron la retirada, el último en salir fue el doctor Jorg, pero su intento se vio frustrado por haber quedado atascado en una roca que le lastimó la espalda. Pese al titánico esfuerzo no lograba salir a la superficie hasta que: “siguió un sordo estruendo, un remedo de trueno y una laja inmensa, bloque de tamaño incalculable se soltó, cerrando casi por completo el estrecho pasaje. Algunos crujidos más y un ruido alejado de aluvión; la boca del túnel se oscureció por completo y luego el silencio absoluto en mi derredor: ¡Prisionero del Llullaillaco! Me invadió súbitamente una desesperación incontenible, una angustia tremenda de invalidez e incapacidad ante la fuerza de la naturaleza, frente al mudo y supremo poder megalítico de la montaña que con un simple guijarro me separaba del resto del mundo, quizás del resto de mi vida. Desfilaron ante mi en cinematográfica caleidoscopía nuestro laboratorio en Jujuy, mi casa en Buenos Aires, la figura de mi madre sentada ante la mesa de nuestra casa, mi novia morena y delgada, un gran amigo, el negro Juan Alberto [...] y así no se cuanto tiempo, hasta que me di cuenta que estaba invadido de un miedo horroroso, ciego e inerte de pánico”.-
Jorg hizo lo humanamente posible para tratar de salir de la caverna, lo que le provocó algunos desvanecimientos. Mientras tanto, sus compañeros en la superficie trataban de remover los escombros del derrumbe para localizar a su compañero sepultado en el mítico volcán, decidiendo como última medida dinamitar la entrada. Jorg relata que “en ese momento oí un lejano y sordo estruendo, extrañamente retumbante en la caverna [...] Volví al ataque en mi túnel en la espera de oír nuevamente alguna detonación que me orientara sobre la posición de mis amigos. Sin embargo ella no se repitió. Continué cavando furiosamente sin detenerme, con obstinación suicida tratando de dar golpes de pico cada vez más fuerte. Súbitamente asesté un golpe desesperado y se me vino encima un alud de piedras. Casi semisepultado, volví a perder el sentido a medias.-
Me recobré aturdido, maltrecho y creí que alucinado por el golpe, pues veía en torno mío una leve claridad. Pero no me engañaba, a la vista de la luz siguió una voz conocida: “¡Puco! ¿Estáis allí?”. Era el grito de Tilincho. Me incorporé y me lancé hacia la claridad. [...] Quise contestar y sólo me salió un ronco gruñido, pero los golpes de la piqueta dieron a entender que yo estaba allí. [...] y media hora más tarde me lavaban la cara con una cantimplora a la luz del sol, mientras el Llullaillaco permanecía impávido ante la aventura de las hormigas humanas que se habían aventurado a su corazón.-
Cuando en el camino de vuelta la figura del Llullaillaco se iba perdiendo oculta en la rojiza sombra crepuscular del macizo andino, su cumbre se me antojó más amenazante y fiera que cuando a él arribáramos, como si fuera la Upamarca, la prisión del alma de la montaña y quizás fuera así, porque esta vez, la presa se le había escapado”.-
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