1. Usted participó en el descubrimiento de los niños de Llullaillaco en 1999. ¿En qué reside la importancia de este hallazgo?
La importancia del hallazgo tiene varias aristas, las cuales me atrevo a reunir en dos grupos, científica y social. Respecto a la importancia científica, el estado de conservación de los cuerpos y todo el ajuar, permite y permitirá la realización de muchos estudios que nos develarán aspectos poco conocidos de estas personas que vivieron hace poco más de cinco siglos en andinoamérica. Los objetos que conformaban el ajuar funerario, también excelentemente conservados, brindan una información única respecto al ceremonialismo y actividades rituales. Hay que tener en cuenta que, desde que los Incas hicieron su ceremonia en la cima del volcán, nadie alteró el sitio hasta el momento de hallazgo arqueológico, lo cual tiene un valor contextual que en arqueología es poco frecuente. Por último, sólo recordar que se trata del sitio arqueológico más alto del mundo, existiendo además un camino ceremonial que llega hasta la cima, a 6.739 metros, investigación que vengo desarrollando desde hace algunos años.
La importancia social tiene que ver con el hecho que muchos sectores de la población se movilizaron a raíz del hallazgo. Comunidades indígenas se conformaron bajo el nombre de los niños del Llullaillaco, otras empezaron a concurrir a las montañas para empezar a realizar nuevamente ofrendas a los cerros, otros grupos tomaron el hallazgo como una de las causas de su lucha; por otra parte, la comunidad urbana empezó a interesarse por las culturas prehispánicas y la comunidad científica se encuentra en pleno debate sobre las consecuencias de nuestra actividad en el cuerpo social, en fin, se podrían seguir dando ejemplos, pero lo que quiero destacar es que se trata de un hallazgo que trascendió varias fronteras externas e internas y esa dinámica es constructiva y positiva.
2. El hecho de tratarse de una montaña de más de 6000, ¿ayudó a la conservación?
Sin duda que fue así, las bajas temperaturas, el aire aséptico, la presión atmosférica reducida y el sustrato volcánico poroso, entre otros elementos, jugaron a favor de la excelente conservación de todos los elementos que conforman la tumba.
3. ¿Se sigue trabajando con el datalogger? ¿En qué consiste? ¿Para qué se hace?
Los data logger sn instrumentos de medición ambiental que sirven para registrar la temperatura y humedad. En 2005 dejamos dos en la cima del Llullaillaco, a más de un metro de profundidad, en el lugar exacto donde se extrajeron los cuerpos. Estos instrumentos estuvieron calibrados para realizar una lectura cada 4 horas, datos que se guardan en una memoria y luego son bajados a la computadora. Casi dos años después retiramos esos instrumentos y, al poco tiempo, volvimos a dejar otros, los cuales los retiramos a fines de setiembre de este año (2008).
La información obtenida sirvió para que el equipo de criopreservación del Museo de Arqueología de Alta Montaña calibre con mayor precisión las cápsulas de conservación donde están los cuerpos de los niños incas. Tiene otras implicancias relacionadas con el estudio del ambiente a esas altura, se trata de un registro único y de una valiosa información que usaremos ara otros proyectos. Iremos a otras montañas a dejar estos aparatos para tener información más amplia.
4. ¿Qué entrenamiento físico requiere hacer arqueología de alta montaña?
El mismo que para ir a la alta montaña, no hay diferencia, lo único que varía es que en montañismo uno llega a la cima, está unos minutos y baja. En la práctica arqueológica uno debe quedarse a trabajar allá arriba, haciendo dibujos, planos, fotografías, prospecciones detalladas del terreno, etc. Lo cual puede demorar horas o días, según el caso.
5. ¿A partir de cuántos metros se considera alta montaña?
Eso depende de las regiones, en la Patagonia los 3000 m ya son alta montaña, en México está definido por el límite de los bosques y comienzo de la nieve, esto es cerca de los 4000 m, en nuestra cordillera, desde Mendoza hasta Jujuy se considera alta montaña a partir de los 5000 metros, sin embargo se trata de un concepto relativo, con el cual no se puede ser muy rígidos. Pienso que en el caso de los incas no existían estas discriminaciones por altura, un ejemplo, el cerro Esmeralda de Iquique tiene 900 m, pero visto desde la playa es una montaña alta e imponente.
6. Un circuito turístico, ¿hasta que altura lo considera prudente?
Considero al circuito en si una imprudencia. Nuestras montañas tienen un ecosistema muy frágil y más frágil aún son los sitios arqueológicos que en ella se localizan. El turismo tiene la virtud de transformar cualquier cosa en atractivo, en tal sentido, considero más sano y menos riesgoso –para la gente y el patrimonio-, hacer un circuito conceptual por la base de las montañas, contando las hermosas historias que tienen cada na de ellas.
7. Así y todo, ¿qué recaudos y preparativos hay que realizar para evitar problemas (¿Tomar mucha agua?,etc.)
Entrenamiento, buena aclimatación, beber mucha agua, tener equipo adecuado al lugar, un buen botiquín y conocimientos de primeros auxilios, equipo de comunicación y avisar siempre en el último pueblo cual es el plan y la fecha de regreso estimada.
8. ¿Hay circuitos armados en nuestro país? ¿Dónde?
Hay montañas que tienen servicios de guías en casi todo el país. Quizás Aconcagua sea la montaña más turística de todas.
9. Y en el resto del mundo, ¿cuál es “el” lugar para el turista interesado?
Hay que tener presente que “el turista interesado” suele ser un montañista o por lo menos un allegado a la actividad, o también, alguien que se prepara para realizar una actividad como esa. En la actualidad hay muchas montañas en todo el mundo que se mercantilizaron y se transformaron en una suerte de circuito turístico. Mencioné el Aconcagua, también el Cotopaxi en Ecuador, el Kilimanjaro en Africa, y el propio Everest en el Himalaya, por mencionar las más conocidas.
10. En algún lugar usted dijo que el montañismo es una escuela de vida. ¿A qué se refiere? ¿qué cosas aprendió en la (o de la) compaña?
La montaña te enseña básicamente a relacionarte con las personas y con la naturaleza. Uno aprende en las expediciones a convivir, compartir, a enfrentarse a situaciones complicadas, muchas veces de vida o muerte; se aprende a renunciar, a ser humilde y tomar dimensión de nuestra vulnerabilidad.
11. Usted es montañista desde muy chico (14 años?). ¿Ser arqueólogo de alta montaña fue “una consecuencia natural”?
Mi primer contacto con la montaña fue cuando tenía 7 años, mi padre me llevó a los contrafuertes del Nevado de Cachi. A partir de los 12 años empecé a dedicarme a ascender montañas superiores a 5000 metros. Muchas de nuestras montañas tienen restos arqueológicos, lo cual siempre me llamó la atención y generó muchas dudas y preguntas acerca de ello. Esa fue la semilla que, cuando uno no se resigna a estar encerrado en una oficina y busca alternativas de vida más afín a la personalidad, germinó y desembocó en la arqueología. Durante años ejercí como profesor de Geografía y Biología, carreras que estudié ni bien terminé el secundario, luego, cuando me acercaba a los 30 años decidí cumplir un viejo anhelo y estudié arqueología, lo cual me cambió la vida. Toda mi actividad se relaciona con la montaña, cobro un sueldo como todos, pero un porcentaje importante del tiempo lo paso en la cordillera, es mi lugar de trabajo.
12. ¿Cuántos son en el país?
Muy pocos, los dedos de las manos sobran para contarlos, sin embargo hay mucho interés y cada vez más estudiantes y aficionados se van sumando al estudio arqueológico de las montañas. Argentina es pionera en la temática, desde los inicios ocurridos en la década de 1960 a través de Centro de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña (San Juan), La Universidad Nacional de Cuyo, el Centro para la Conservación del Patrimonio de Montaña (Salta), a Universidad Católica de Salta y el Museo de Arqueología de Alta Montaña (Salta). A través estas instituciones pasaron muchas personas que contribuyeron a que nuestro país sea pionero.
13. ¿Cómo se financian las expediciones arqueológicas?
Básicamente a través de proyectos de investigación de las instituciones nacionales y, en mi caso particular, del Museo de Arqueología de Ala Montaña. A veces algunos consiguen subsidios o apoyo extra institucional, pero no es lo más frecuente.
14. ¿Cuánto suelen durar? ¿De cuánta gente se compone?
Todo depende del objetivo y el presupuesto. La financiación de expediciones siempre es precaria y la cantidad de personas limitada por razones obvias. Las campañas no duran mucho, al menos en las altas cumbres. El tiempo se prolonga cuando se estudia toda el área en torno a los cerros.
15. ¿Cómo es el trabajo arqueológico en altura? (diferencias con el trabajo en terreno llano?)
La arqueología es una sola, sus métodos y técnicas se aplican para saber algo sobre el pasado de las sociedades desaparecidas. La diferencia radica en el lugar donde se la practica, puede ser bajo el agua, en el desierto, en la selva, en los pantanos, en los polos o en las montañas; para cada caso es necesario adecuarse al ambiente en cuestión.
16. ¿Qué está investigando en este momento? ¿Cuál es su próximo proyecto?
Estoy estudiando los caminos ceremoniales que se dirigen hasta las cimas de las montañas y su relación con el resto de los caminos incas de las regiones aledañas. Esto no es solo en la cordillera principal, pues tenemos registrados algunos caminos y montañas sagradas en zonas selváticas.
En el futuro próximo me gustaría trabajar con algún proyecto en Colombia, Ecuador y Bolivia, conozco esos lugares y su potencial en la temática que trabajo, además carecen de estudios de arqueología de alta montaña.
17. Este año usted hizo cumbre en su primer ochomil, el Dhaulagiri en el Himalaya. ¿Subió Vitry el arqueólogo o el andinista? ¿Se puede trabajar en esos lugares?
Esas montañas no poseen restos arqueológicos, pero son montañas sagradas. Los habitantes locales realizan cultos y ofrendas, tienen oraciones y cánticos que hablan de ello. Disfruté mucho durante la semana de acercamiento al Dhaulagiri con toda esta idiosincrasia, pensando siempre en paralelo con nuestra realidad andina. No puedo partirme en dos, así que el que subió es uno solo que integra ambas actividades, pero más allá de la ironía, para este tipo de montaña se requiere la faceta deportiva 100%.
18. Se le acercan estudiantes o jóvenes entusiastas por seguir “su huella”? Qué los anima a hacerlo? ¿Y usted qué les dice?
En realidad mucho menos de lo que uno se imagina, sin embargo siempre brindo la información y la oportunidad de ingresar en este apasionante mundo. La motivación es muy variada, desde lo intelectual a lo puramente físico, lo ideal es lograr un equilibrio entre ambas.
19. ¿Qué es lo mejor y lo peor de hacer lo que usted hace?
Lo mejor es hacerlo; estar en actividad; soñar, pensar y estudiar un lugar y luego estar allí generando posibles respuestas a tantas preguntas; transitar por lugares donde se oficiaron importantes ceremonias con las más profundas convicciones que hoy desconocemos y tratamos de sacar a la luz; ascender montañas, caminar por la cordillera, atravesar selvas, conocer gente de diferentes lugares y concepciones de vida, en fin, tatas cosas…
Lo peor, que la vida es tan corta.
Christian Vitry
Nació en Salta Capital el 22 de septiembre de 1965 y desde temprana edad se dedica al montañismo. A los 12 años realizó su bautismo en alta montaña ascendiendo al volcán Tuzgle (5.500 m), a los 14 años de edad ascendió al volcán Llullaillaco (6.739 m) y al Nevado de Cachi (6.380 m), a los 15 años estuvo en el Aconcagua por el Glaciar de los Polacos. En su trayectoria deportiva cuenta con más de 150 expediciones de Alta Montaña (alturas superiores a los 5.000 m.s.n.m.), entre las cuales se registran 24 primeras ascensiones, 16 segundas ascensiones, travesías originales de alta montaña, expediciones internacionales a Bolivia, Perú, Chile, Ecuador y Nepal, habiendo efectuado más de cincuenta ascensiones a montañas superiores a 6.000 metros, incluyendo el Aconcagua y un centenar de expediciones de excursionismo y media montaña (alturas inferiores a los 5.000 m), travesías por zonas selváticas y desérticas. En el año 1985, con 19 años de edad, ascendió el Aconcagua en 52 horas partiendo desde Puente del Inca y en 1989 junto a Emilio González Turu realizaron la vía directa de la Pared Sur del Chañi (6.000 m), ruta mixta de casi 1000 metros de desnivel que no se volvió a repetir. En mayo de 2008 coronó la cima del Monte Dhaulagiri (8.167 m) en la cordillera del Himalaya.
Recibió numerosas menciones como deportista, entre las que se encuentran los premios al Montañista del Año en 1978, 1980, 1982, 1983, 1984, 1985, 1992 y 1996; en 1985 recibió la medalla de Plata en la terna de deportistas destacados de la provincia y en 1996 el premio “Los Consagrados del Deporte”. Por la actividad científica obtuvo en 1999 el 1° premio “Avances en la Producción Científica del NOA”, en el año 2000 el premio Persona como Joven del Año y en el 2002 ganó una beca en el Museo Británico de Londres. Miembro fundador del Club de Aventuras Salta y presidente de esa institución en tres oportunidades.
Es Antropólogo especializado en Arqueología y profesor de Geografía y Ciencias Biológicas, habiendo orientado sus estudios a los adoratorios de altura de la cordillera y los caminos arqueológicos, actividad que motivó el recorrido de cientos de kilómetros de antiguas rutas, desde Colombia, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina, logrando combinar deporte y ciencia en una sola actividad. Forma parte del equipo nacional de investigadores que trabajan en la postulación del Camino del Inca como Patrimonio de la Humanidad ante la UNESCO. Escribió artículos y trabajos de investigación en numerosas revistas científicas y es autor de cuatro libros. Trabaja en el Área de Investigación del Museo de Arqueología de Alta Montaña, es docente e investigador en la Universidad Nacional de Salta.
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