Las momias del volcán  Llullaillaco

Christian Vitry

Fueron sacrificados u ofrendados a 6.730 metros de altura, en la cumbre del legendario volcán Llullaillaco, sus tumbas, son las más altas que el hombre jamás haya construido en el planeta. Estos niños-dioses que en su calidad de huacas (sagradas) o posibles mensajeros de los dioses, son los seres humanos que estuvieron más próximos a la principal divinidad de los Incas, el Sol.
 

“Sembrar muertos para cosechar vivos” decían los Incas, pero ¿cuál será la verdadera interpretación de estos rituales religiosos donde se sacrificaban seres humanos? Existen varias hipótesis que intentan explicarlos, pero el verdadero significado posiblemente nunca lo sepamos. 

¿Las momias del Llullaillaco son  únicas en la provincia de Salta?

Salta es la provincia argentina que posee la mayor cantidad de momias (mejor dicho cuerpos congelados) rescatadas de las altas cumbres, sumando un total de seis cuerpos sobre ocho existentes en el país.  El primer hallazgo de momias de altura se produjo en 1905, sobre la cima del nevado de Chañi a 5.900 metros de altura (límite entre Salta y Jujuy). Ocurrió durante una expedición dirigida por el Teniente Coronel E. Pérez, que rescataran de la cumbre el cuerpo momificado de una criatura de unos cinco años de edad, envuelta en varias mantas de vivos colores y algunos objetos de madera y cerámica que formaban parte del ajuar funerario.  Esta momia fue donada en ese momento al Museo Etnográfico de Buenos Aires, en cuyo depósito permanece hasta la actualidad.
Entre 1920 y 1922, de las altas serranías de Cafayate, al sur de la provincia de Salta, se extrajo de una de las cumbres del cerro Chuscha (5.100 metros), el cuerpo momificado de una niña con un rico ajuar funerario. Esta momia –llamada entonces la Momia de los Quilmes- por el profesor Amadeo Sirolli, tras haber estado varias décadas “desaparecida”, reapareció en un museo privado de la localidad de Martínez en la provincia de Buenos Aires, donde es exhibida en la actualidad.

En 1974 a escasos metros de la cima del volcán Quehuar, sobre los 6.100 metros de altura y en el interior de una gran estructura, el Director del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña de San Juan (CIADAM), Antonio Beorchia Nigris descubre  el cuerpo momificado de un niño, el cual intenta recuperar del duro y congelado suelo sin tener éxito. Años después saqueadores y buscadores de tesoros dinamitaron el sitio y destruyeron gran parte del cuerpo.  En 1999, la expedición dirigida por los doctores Johan Reinhard de EEUU, y José Antonio Chávez de Perú, junto a un equipo de estudiantes de arqueología peruanos y argentinos rescataron el cuerpo del volcán Quehuar.

Finalmente en 1999 el mismo equipo del Dr. Johan Reinhard, ubicó y rescató de la cima del volcán Llullaillaco, a 6.730 metros de altura, tres cuerpos de niños congelados con un hermoso y variado ajuar funerario.  El excelente estado de conservación de los mismos indica que son los más importantes en este sentido, estudios futuros brindarán mucha y valiosa información sobre nuestros antepasados americanos.

¿Por qué y cómo fueron sacrificados los niños?

"...decía la muchacha acaben ya conmigo que para fiestas bastan las que en el Cuzco me hicieron; la llevaron a un alto cerro, remate de las tierras del Inca, y hecho el depósito la bajaron a él y emparedaron viva". (Hernández Príncipe, 1601).
La cita de Hernández Príncipe, un sacerdote extirpador de idolatrías de la época de la colonia, es bastante ilustrativa y está referida a la historia de una joven aclla (elegida, virgen del Sol) que fue sacrificada (enterrada viva) en lo alto de una montaña con motivo de la fiesta de la Capacohao fiesta de los sacrificados, la cual se celebraba en el Cuzco durante el Inti Raymi, o sea la conmemoración estatal incaica en honor al sol.

Para la ceremonia de la capacocha o capac-hucha, las vírgenes del sol (acclla-capacochas) viajaban cientos de kilómetros con destino al Cuzco. Transitaban por los sólidos caminos construidos por el vasto imperio, acompañadas de las huacas (ídolos o dioses adorados) más importantes de su tierra natal, integraban además la cohorte los curacas y representantes más notables (políticos y religiosos) de las provincias conquistadas.  Una vez en el Cuzco, las acllas adoraban al Sol, al Rayo y las momias de la dinastía real que eran los principales dioses. Algunas acllas eran sacrificadas allí en honor al Sol, el resto, una vez concluidos los rituales políticos-religiosos, emprendían la retirada rumbo a su lugar de origen, donde finalmente, y en el marco de una gran celebración regional, sus vidas eran cedidas al astro rey.

No sabemos si los niños del Llullaillaco fueron sacrificados en este contexto, pero los relatos nos acercan bastante a una posible analogía o interpretación. Se  sabe a través de la Historia Comparada de las Religiones, que las personas sacrificadas eran seres “elegidos” como ofrendas para el mundo de los dioses, o bien como mensajeros para el “Más Allá”, de allí que estén munidos de alimentos calzados y prendas para el “viaje celestial” (Schobinger, 1998).

¿Por qué en la cumbre de una montaña?

Las montañas fueron y son veneradas por muchas culturas en el mundo entero. Los hombres, independientemente del lugar geográfico, organizan su espacio, lo cargan de significado. Según la cultura, ciertos elementos naturales o culturales cobran mayor o menor relevancia, creándose una distinción entre lugares comunes, profanos, diarios; y lugares sagrados, únicos, mágicos, de uso ocasional-especial.  El Llullaillaco y la mayoría de las grandes montañas de la cordillera forman parte de esa geografía sagrada.

Una montaña se sacraliza y sigue siendo una montaña, nada aparentemente la diferencia de las demás.  Pero, para quienes le dieron ese significado, su realidad material cambia en realidad sobrenatural, dejando de ser lo que era y cobrando un simbolismo particular. Ya no está en el caos del universo, está marcando un punto fijo, un lugar en el espacio. 

Las montañas señalan el punto mas alto del mundo (el mundo de cada cultura); en ese punto elevado se está mas cerca de los elementos celestiales adorados (sol, luna, rayos, arco iris, nubes, etc.); desde allí se tiene otra visión y perspectiva, impensada para la gente de la llanura.  Ascender, significa trasladarse a otro nivel, estar en otro plano (no solo geográfico, sino también simbólico), penetrar en una especie de “región pura” o “sagrada” que trasciende al mundo profano. Estos lugares se transforman en “santuarios”  o “puertas de los cielos”, lugares de tránsito entre el cielo y la tierra, donde el espacio y el tiempo se sacralizan. Pero además de éstos, las montañas son grandes reservorios de agua, todos los ríos se originan en la cordillera, por ello se las relaciona con la fertilidad, pues el liquido es el elemento esencial para la vida.

En su calidad de posibles mensajeros de los dioses, estos niños sacrificados en una de las cumbres más elevadas de los Andes, se encuentran en el punto ideal de partida para el encuentro con los dioses.

Llullaillaco, Cachi, Quehuar, Chañi, Acay, entre centenares de nuestra cordillera, son montañas que significaron mucho más de lo nos imaginamos; montes sagrados, huacas o adoratorios dotados de vida espiritual. Fueron o representaron a los seres ordenadores de la vida religiosa y social de pueblos desaparecidos. Espacios y tiempos sagrados, fragmentos de tiempo reflejados en el espacio que nos sugieren otra visión del paisaje.

Cada cerro de la cordillera atesora una historia y está sumergido en un paisaje cultural cargado de significaciones.  Las personas que decidan visitar las montañas del norte argentino, deben tomar conciencia de la importancia cultural e histórica que éstas tienen y colaborar con el cuidado del patrimonio.

Interesarse exclusivamente en los cuerpos congelados de los niños, o los objetos rescatados por los arqueólogos de la cima del volcán Llullaillaco, sin considerar todo el contexto cultural e histórico donde se generó, no tiene sentido.  La Arqueología dirige su mirada más allá de los objetos en sí, intenta reconstruir a través de ellos y todo resto material producto de la actividad humana, la vida social de los hombres de culturas desaparecidas.

 

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