Christian Vitry
Muchos investigadores coinciden en fijar como punto de partida de la arqueología de alta montaña como una especialidad de la práctica arqueológica el año 1954, fecha en la cual se extrajo del cerro El Plomo (Chile) el cuerpo naturalmente momificado de un niño de aproximadamente 8 años de edad. (Schobinger, 1998; Echevarría, 1999). Si bien la excavación fue realizada por buscadores de tesoros, el cuerpo y parte de su ajuar, pudieron ser recuperados y estudiados por la Dra. Grete Mostny, cuyas investigaciones e interpretaciones sirvieron de base para posteriores hallazgos y todavía tienen vigencia. (Schobinger, 1999:365).
La trascendencia internacional del hallazgo del cerro El Plomo y la intervención profesional de la Dra. Mostny fueron los responsables del “reconocimiento” la práctica arqueológica en las altas cumbres andinas por parte de la comunidad científica. No obstante, existen antecedentes de investigaciones realizadas por profesionales que no tuvieron mayor trascendencia, tal es el caso de los estudios realizados en el nevado de Chañi en 1901 por los miembros de la expedición sueca liderada por Nordenskiold, que según nuestro criterio ellos son los que escribieron los primeros capítulos de la historia de la arqueología de alta montaña, según detallaremos en el presente trabajo.
Uno de los primeros hallazgos arqueológicos de alta montaña de los que se tiene noticia escrita, fue el realizado en el año 1870 en el cerro Doña Ana de 5690 m ubicado en Coquimbo, Chile. Un cura párroco de apellido Sagüez “escaló el cerro juntamente con Argelino Castro, encontrando en la cumbre un explazo ceremonial. Realizadas excavaciones, descubrió una figurilla de auquénido (...) y una estatuilla de plata, representando una mujer. Observó asimismo en las inmediaciones 4 pircas” (Beorchia, 1985:75).
En 1885 el geógrafo chileno Francisco San Román, anuncia haber hallado un “cuchillo de cobre de origen indio” en la cumbre del cerro Chuculai (5.421 m.), ubicado en la Puna salteña, próximo a los grandes volcanes limítrofes. (Echevarría, 1999:14).
Entre 1896 y 1898 se excavó –por parte de buscadores de tesoros- un enterratorio de la cima del cerro Chachani de 6.057 m (Perú), la noticia fue dada a conocer en 1901 por Lord Conway, un prestigioso alpinista inglés. (Beorchia, 1985:65; Echevarría, 1999:14).
Podemos apreciar que los hallazgos realizados a fines del siglo XIX fueron producto del azar y efectuados por expediciones y personas sin fines arqueológicos específicos.
Fue en es seno de la expedición sueca dirigida por Erland Nordenskiöld donde se gestó el primer ascenso a una montaña para realizar investigaciones arqueológicas y cuyos resultados fueron publicados en los primeros años del siglo XX.
La primer publicación científica encontrada sobre la arqueología de alta montaña es la realizada por Eric Boman en 1903, en la revista Historia (Bs.As. Argentina), titulada “Hallazgo arqueológico á 6100 metros de altura” . El arqueólogo sueco, guiado por las descripciones de sus compañeros publica este pionero artículo, donde, más allá de las detalladas descripciones de algunos objetos y del contexto arqueológico, hipotetiza sobre la posible procedencia y relaciones de la cerámica decorada; reflexiona sobre el transporte de la leña indicando su lejana procedencia; menciona “dos poblaciones en ruinas” sobre las faldas occidentales del nevado y, aunque desestima su filiación precolombina, hoy sabemos que una de esas poblaciones es el sitio arqueológico conocido como Jefatura de los Diablos (Fernández, 1975); por último se cuestiona sobre el por qué de este tipo de sitio a tanta altura y aporta una respuesta que hasta la fecha sigue vigente, es decir, de un lugar destinado a la adoración del sol, además de aseverar que el mismo constituye el hallazgo arqueológico de mayor altura realizado hasta entonces.
Cinco años más tarde, el mismo Boman (1908) publica la conocida obra “Antiquites de la region andine de la Republique Argentine et du desert d´Atacama”, trabajo pionero de las investigaciones arqueológicas del noroeste argentino; allí transcribe nuevamente los datos arqueológicos del nevado de Chañi y complementa su interpretación del sitio de altura en los siguientes términos
“Tal vez era un lugar consagrado a ceremonias religiosas, tal vez una estación de señales”. (Boman, 1908:353).
En 1916 Eric von Rosen publica su obra “En förgangen värld” (Un mundo que se va), en el capítulo VII titulado “Vida de los expedicionarios en la Puna de Jujuy” el autor relata el ascenso al Chañi realizado por él a principios de noviembre de 1901, como también el efectuado por von Hofsten, Fries, Mercado y Liquin un mes más tarde. También hace mención a la exploración y ascenso de los cerros Tussle (Tuzgle), Incachule y Organo.
A través de las siguientes citas extraídas de la publicación de Rosen en 1916, veremos los datos documentales pioneros referidos a los restos arqueológicos hallados en el nevado de Chañi:
“...Antes de la llegada de nuestra expedición ningún explorador europeo había logrado llegar hasta la cumbre del altísimo cerro Chañi. (...) Los indios del lugar aseguraron además, que la poderosa diosa Pachamama tiraba bloques de piedra sobre el que trataba de subir, lo que nos muestra que este gigante estaba envuelto en una leyenda parecida a la recién relatada del cerro Organo.
...En el deseo de averiguar si había restos arqueológicos sobre este cerro, resolví viajar hasta el mismo y tratar de subir hasta su cima. (el remarcado es nuestro).
No muy lejos del campamento encontré muchas piedras quebradas sobre el suelo, lo que indicaba que nos encontrábamos en un punto habitado antiguamente. Al explorar mejor encontré con ayuda de Landberg y los peones, una cantidad de implementos de piedra, toscamente labrados parecidos a los de las figuras 149-157 y también fragmentos de los mismos y de puntas bien trabajadas en piedra del mismo tipo de las ilustradas en las figuras 144-147. Las puntas de carácter paleolítico, rústicas, pertenecen seguramente a algún pueblo de cazadores de poca cultura, que, por lo menos durante parte del año, deben haber vivido aquí para cazar vicuñas y guanacos. En los alrededores abundan estos animales y, como también hay agua buena, se comprende que los cazadores indios aun en tiempos recientes hayan venido hasta aquí durante sus cacerías sobre el Chañi. De estos cazadores, de una cultura algo superior, deben proceder las pocas puntas de flecha bien trabajadas, que hallé en el lugar.
... El principal resultado científico de este primer ascenso al Chañi, fue el descubrimiento del lugar habitado antiguamente por los indios, a una altura de 4.800 metros.(el remarcado es nuestro).
Del siguiente extracto podemos advertir claramente la intencionalidad de ascender a la cima del Chañi en busca de restos arqueológicos, lo que se ve reflejado en las figuras e interpretaciones realizadas por Rosen respecto a los instrumentos líticos, planteando al final, en términos de resultado científico del ascenso, el sitio ubicado a 4.800 m (sitio Jefatura de los Diablos). Sobre el final del capítulo, von Rosen publica y comenta un extracto del diario de viaje de von Hofsten cuando asciende al Chañi, donde con gran detalle describe (igual que Boman) el sitio arqueológico de la cima y algunos objetos del contexto, del mismo extraemos lo siguiente:
...“Es posible que la cima más elevada del Chañi haya sido un lugar de sacrificios (el remarcado es nuestro), ya que tanto los muros de piedra, como la leña de cardón, los fragmentos de alfarería y la cuenta así lo indican. También el miedo supersticioso con que la población actual mira a esa cumbre, es un indicio que habla a favor de esta suposición. Pero un lugar de sacrificios ubicado a tal altura y de tan difícil acceso no debe haber sido destinado a todo el pueblo. Seguramente ascendieron hasta allí solamente los miembros principales de la tribu para hacer sus ofrendas y rogativas en fechas memorables.” (Rosen, 1916: 142/3).
El principal aporte de Rosen es haber advertido, por su experiencia empírica en contextos funerarios, la presencia de un enterratorio en la cumbre del Chañi, de hecho, en 1905 una expedición militar liderada por el Teniente Coronel E. Pérez extrae de la cumbre el cuerpo momificado de un pequeño de aproximadamente 5 años con un surtido ajuar y donado al Museo Etnográfico de Buenos Aires. Por otra parte, sugiere que el ascenso era realizado solamente por los “principales miembros de la tribu” y que se realizaba en fechas específicas. Estas hipótesis tienen vigencia en la actualidad, pese al tiempo transcurrido.
Por lo antedicho y sobre la base documental revisada, no dudamos en afirmar que en la expedición sueca dirigida por Erland Nordenskiöld es donde se gestó el primer ascenso a una montaña con fines arqueológicos, y de donde salió la primer publicación con hipótesis e interpretaciones que a lo largo de un siglo fueron complementadas pero no descartadas.
A cien años de aquella pionera expedición a un país más allá de las nubes rendimos un homenaje e estos exploradores que, además de todo el aporte realizado y harto conocido, escribieron los primeros capítulos de la historia de la historia de la arqueología de alta montaña en los Andes.
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