Christian Vitry
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| Agosto, cancha de Básquet en San Antonio de los Cobres, momentos antes de empezar con una actividad cultural que se iniciará con un pago a la Pachamama. La olla simboliza el pozo en la tierra y es donde se depositarán las ofrendas. |
En el mes de agosto se realiza en los Andes el ritual de alimentar a la tierra, el rito es conocido como corpachada, convido o pago y se trata de una ceremonia con profundas raíces prehispánicas. El alimento ritual para la tierra esta relacionado con el ciclo agrícola y la fertilidad. Todas las actividades que sustentan la vida material de los campesinos están relacionadas con actividades sagradas, cada acción que realizan está precedida de algún tipo de ceremonia a la pachamama. Se entabla un sistema de mutua cooperación y/o relación de reciprocidad tanto entre los miembros de diferentes familias, como también entre éstos y la tierra.
La religiosidad andina posee una relación metafórica y material con la naturaleza. El ciclo agrícola marcado por las estaciones del año representa el Norte de la vida rural y ritual. En este contexto surge la deidad telúrica Pachamama, que en esencia es productiva y vela por sus hijos, los cuales la alimentan para darle poder y vitalidad, con el objeto que ésta les devuelva los dones protegiéndolos y brindándoles alimentos. Pero también se trata de una deidad que manifiesta la dicotomía entre el dar y quitar, pues así como propicia y cuida, también castiga y reclama sacrificios. Es benévola, pero también vengativa, caprichosa, arbitraria e impredecible. Por ello es respetada y temida.
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Al iniciar la ceremonia se arroja “coa” (vegetal altoandino) a las brazas para que el humo eleve las oraciones y pedidos al cielo. Se observan los recipientes de comida que no debe tener sal. |
En la actualidad, para alimentar a la tierra se hace un pozo que representa la boca de la pachamama, generalmente se realizan en los patios de las casas y escuelas, en plazas, campos de cultivo, rastrojos o corrales.
Algunos autores, vinculan físicamente el ritual con las partes más altas del territorio, especialmente las cumbres de las montañas que están asociadas a las antiguas deidades, o se consideran como sus residencias habituales o temporales. En general, las tierras altas son consideradas como lugares sagrados.
Esta línea de interpretación nos sirve de base para hacer analogías respecto a otros ritos que, si bien son diferentes, poseen a nuestro parecer un sustrato en común. Tal es el caso de las Capacochas u ofrendas humanas realizadas en las cimas de las montañas hace cinco siglos por parte de los Incas durante su dominio cultural en los Andes Meridionales. Los niños del Llullaillaco y otros cuerpos hallados en las montañas formarían parte de este ritual.
Llama la atención la coincidencia de algunos elementos que forman parte del ritual de alimentar a la tierra con los de la capacocha. El pozo, la comida, la bebida, la ofrenda más preciada –ya sea niños o los mejores ejemplares del ganado- y la ocasión especial que motiva tal entrega. Cuando se ofrendan animales, que no es una práctica muy común, a éstos se los florea, es decir, se les colocan trocitos de lanas de diferentes colores en todo el cuerpo, es una forma de vestirlos con la mejor ropa. Según un informante puneño, “los animales se florean para que estén hermosos, es como cuando los chicos hacen la comunión que se ponen una ropa especial”. De acuerdo al registro arqueológico y los datos etnográficos, los niños ofrendados por los incas en las cimas de las montañas eran elegidos por su belleza y salud, además vestidos con las mejores ropas y acompañados con alimentos y objetos de gran valor social y religioso.
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| Paraje El Palomar cerca del límite con la puna jujeña. Una vez concluida la ceremonia se tapa el pozo y se adornan con coloridas lanas las rocas que forman el mojón apacheta. El año siguiente se destapa el mismo pozo para hacer la nueva ofrenda |
Salvando las diferencias y los motivos culturales circunstanciales de la corpachada a la Pachamama y la capacocha en honor al Inca-Sol, aparentemente el sentido de “pago” a la tierra y la acción de otorgar a las deidades ya sea alimentos o vidas, con la finalidad de ser retribuidos subyace y es compartido en ambos casos. Se le da a la tierra lo que se espera de ella, por eso las ofrendas siempre representaron y representan aún lo mejor que la comunidad posee, para ser retribuidos de igual manera. Tal vez, Los niños del Llullaillaco y otras vidas cedidas a los dioses en la cordillera, sean las preciosas corpachadas de un poderoso estado, otorgadas mediante un milenario ritual a la Madre Tierra y el Padre Sol.
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