Alberto Rex González en el MAAM

Christian Vitry

Durante el mes de febrero de 2006 el Museo de Arqueología de Alta Montaña recibió la visita del Dr. Alberto Rex González, considerado el padre de la Arqueología Argentina.
No es la intención en este espacio resumir en pocas líneas la trayectoria de este gran maestro, pues intentar hacerlo significaría retacear una larga vida colmada de acción y pasión. Solo queremos expresarle a don Alberto nuestro sincero agradecimiento y compartir con los lectores el pensamiento de un grande de la arqueología argentina y americana de quien siempre aprenderemos.

Nacido en la provincia de Buenos Aires en el año 1918, Alberto Rex González dedicó toda su vida a la investigación. En 1945 se recibió en la Universidad Nacional de Córdoba de médico cirujano y en 1948 se doctoró en Antropología en la Universidad de Columbia. Fue profesor en numerosas universidades del país y el extranjero, nombrado doctor honoris causa de muchas altas casas de estudios, entre las que se encuentra la Universidad Nacional de Salta (1998). Autor de más de un centenar de publicaciones científicas y numerosos libros; fue Jefe de Arqueología del Museo y Facultad de Ciencias Naturales de La Plata, Director Nacional de Antropología y Director del Museo Etnográfico de Buenos Aires; investigador del CONICET y miembro de numerosas Academias de Investigación. Recibió premios y distinciones por su aporte a la ciencia y trayectoria profesional; ejerció la arqueología de campo en muchos lugares del país, desde el Noroeste argentino a la meridional Patagonia, trabajó y visitó sitios en diferentes partes del mundo como el sudeste asiático, Egipto, México entre muchos otros; y su actividad no ha cesado.

Pese a todos los lauros obtenidos y su larga trayectoria, Alberto Rex González sigue siendo esa persona sencilla y humilde de siempre, generoso con su saber y sentir, portador de un entusiasmo contagioso y una tranquilidad que atempera las fieras y, como dijo el investigador chileno Lautaro Núñez:

"Siempre ha buscado la vida y la arqueología "acá". Definitivamente es un hombre de una huasi: la nuestra. Con las pasiones de sus años a cuestas, en él palpita la cultura del asombro y del rigor científico, unido a sus discípulos,  porque el arte de su conversación ha sido y es la maestría más explícita de su discurso. El pensamiento de Alberto Rex González se siente, en su hito de multiplico, porque él escribe y pregona sobre esta tierra viva, a la espera de la consumación de la primavera: Es cierto, el arqueólogo más talentoso y el pleno de virtudes que se haya conocido en Latinoamérica vive en Buenos Aires, en un viejo departamento de la calle Belgrano Nº 887".

El Dr. Alberto Rex González realizó una visita guiada por el MAAM y, posteriormente, fue invitado a conocer el laboratorio donde se realizan los trabajos de conservación de las piezas arqueológicas, allí expresó su satisfacción por el trabajo que se está realizando en la institución dejando apuntado en el libro de visitas lo siguiente:

 “Felicito los directores del Museo de Arqueología de Alta Montaña y a la Dirección de Cultura de la Provincia por el excelente cuidado y protección que le brindan a los restos arqueológicos aquí expuesto,  ojalá este ejemplo cundiese en instituciones similares de nuestro país”

Posteriormente, junto al equipo de trabajo del museo, tuvimos un diálogo en profundidad, donde opinó respecto a la problemática actual de la exhibición de restos en los museos del mundo.

"No se puede tener una opinión para este caso y otra para este otro, sino una idea general. Yo creo que hay una cuestión humana e individual un tanto morbosa de querer ver exhibidos restos humanos. Me acuerdo en el museo de La Plata, hace unos cuantos años, que muchas veces caminando por los pasillos de la institución, la gente me paraba para preguntarme, y lo primero que querían era ver las momias.

Pero hay una cuestión que es básica cuando se trata de restos humanos, y ya no hablemos de momias, sino de restos para estudios antropológicos. El problema se planteo en los EEUU, cuando las tribus empezaron a reclamar los cuerpos de sus antepasados y, en algunos casos, lograron que se los dieran.
 

Esta cuestión básica y particular son los derechos humanos, que se trata de una conquista de occidente en los tiempos modernos. Por las conquistas de la libertad, hemos superado muchos aspectos y occidente ha logrado instaurar esto de los derechos humanos, gestado desde la revolución francesa y esa es una de las grandes conquistas. Ahora estamos frente a un problema y podemos verlo con mayor claridad, por ejemplo ante el planteo de los fundamentalismos religiosos, ya sean éstos católicos, judíos o árabes. En este caso los árabes, ustedes ven que por una caricatura de Mahoma mataron a más de diez personas en distintos países.

Una cuestión básica de esta conquista de occidente es  que todos tenemos el derecho de ser producto de una historia, de una descendencia y entonces por allí viene el asunto para una “pieza” de museo, y estoy pensando en este caso en los restos del museo de La Plata que alguna vez me tocó examinar. Después de la conquista del desierto sojuzgaron a una gran cantidad de indígenas y los llevaron al museo, allí los hacían trabajar en las tareas más humildes y no tenían sueldo, uno de ellos fue el cacique Inacayal y muchos otros que yo no conocí, pero mi ayudante Mingo García sí. Cuando morían los mandaban a la morgue de la Facultad de Medicina, los descarnaban y guardaban el esqueleto, al cual lo iban a colgar en el edificio de antropología, guardaban un poco de piel, cabello, hacían mascarillas de sus rostros, una cosa monstruosa en nombre de la ciencia.

Creo que hay una diferencia entre restos de 7000 años que tienen una importancia antropológica muy grande y de los cuales no se conoce nada, ni el grupo étnico -porque desaparecieron todos-, tampoco la lengua, la religión, las costumbres; y los otros restos de personas que se sabe quienes eran, como se llamaban, tenían su nombre mapuche y español, se conoce que vida habían llevado, como habían vivido y sufrido como cualquier ser humano, y en nombre de la ciencia dejarlos allí amontonados en el museo. Cuando los mapuches los reclamaron surgieron dos puntos de vista, los cientificistas que decían este es material científico y pertenece al museo y, muy pocos, porque me quedé prácticamente solo, los que decíamos ¡no!, Se trata de seres humanos con nombre, apellido e historia, por lo tanto merecen toda la consideración y hay que entregarlos, bueno fue así que se empezaron a devolver los restos para que sus descendientes le den el ritual que se merecen, como dicen los católicos “darle cristiana sepultura”, ellos tienen derecho a darle la sepultura que quieran de acuerdo a sus costumbres. Vemos que son dos casos extremos y cosas totalmente distintas.

Pero, por otra parte están los casos intermedios, en los cuales ya es mucho más difícil decidir y allí hay que ver cada caso en particular. Ahora, yo empecé por esta cosa que es un tanto macabra de exhibir momias, pero esto es muy difícil, yo mismo en el museo de el Cairo, una de las cosas que dije es que quería ver la momia de Ramsés II, que ni se sabe si es o no es porque la tumba fue saqueada y los encontraron después, pero ahí estaba. Verlo directamente te hace buscar y pensar una cantidad de cosas de la historia, pensar que este personaje tenía 350 hijos y 400 mujeres, que procedió en numerosas batallas, que se hizo construir monumentos a sí mismo por todo Egipto como el de Abu Simbel.

El caso de los niños del Llullaillaco, ¿quiénes son los parientes actuales? Lo incaico como entidad política cultural no existe y no se si Evo Morales en este momento va a hacer algún reclamo en este sentido, de todas maneras hay una distancia enorme y sigue siendo de cualquier manera un ser humano que tuvo su vida propia, sus derechos, fueran incas o no, el problema es difícil de resolver y por ello hay tanta polémica,  por la gran dificultad que entraña.

El aspecto morboso del que hablábamos recién está siempre presente, ahora el asunto es que si como antropólogos debemos favorecerlo o impedirlo, esa es la cuestión, es un tema y desafío de la antropología actual. Si la cultura de occidente quiere progresar en ese sentido tenemos que establecer principios normativos para tratar de educar culturalmente, no favorecer lo morboso y ser coherentes, así se trate de la momia de Ramsés II o de las del Llullaillaco tenemos que tratar de cambiar”.

Finalmente, a modo de colofón del presente artículo reproducimos algunas citas de Alberto Rex González, que nos acercan a su pensamiento y sentimiento:

"Nosotros los arqueólogos elegimos la senda de la búsqueda y recuperación de las culturas desaparecidas, la tarea de recrear la historia y devolver a la vida del conocimiento las sociedades desaparecidas, de otra manera irremediablemente olvidadas. Recuperamos la existencia de pueblos enteros movidos por el asombro que esa recuperación nos depara. Esta idea nos es común   a todos nosotros y así la he sentido desde siempre”  

“A mí me duelen las historias perdidas. Es cierto, me duelen. Proust se lamentaba por el paso del tiempo en su propia vida y trataba de recuperar ese tiempo perdido. Yo no. Lo que quedó en la memoria, quedó; lo que desapareció, ya no importa. A mí lo que me duelen son esas historias que me contaba mi abuela paterna en Rojas sobre su padrino, el general Frías, un veterano de la Independencia del Alto Perú. O mi abuelo materno, quien llegó a narrarme su interminable viaje en barco a vela desde Génova. ¡Cómo me hubiera gustado oír con sus propias palabras la primera impresión que le causó Buenos Aires! O lo que lo llevó, una vez instalado en Pergamino, a pagarse un profesor para aprender castellano y explicarles a sus amigos qué decían esos versos de Dante que él había aprendido de memoria en Italia. U otro encuentro de muchos años después, cuando ya trabajaba como arqueólogo, y encontré a una viejita que era una auténtica reliquia: por las pocas referencias que entendíamos, debía tener más de noventa años y hablaba una lengua hoy prácticamente extinguida... Nada me hubiera gustado más que tener en mi memoria todas esas historias”.

“El prestigio es una cosa muy relativa. Sic transit gloria mundi: yo he visto a los más grandes y destacados científicos de distintas épocas y distintos países eclipsarse y perderse tarde o temprano en la flecha del tiempo”.

“Tengo más de ochenta años y ya la veo picar cerca. Para investigar todo lo que tengo en mente debería tener cuatro o cinco vidas. Por eso nunca pude entender los colegas que roban ideas, habiendo tantos problemas y preguntas. Cada vez que realicé una investigación encontré una o dos respuestas pero, a cambio, me surgieron decenas de interrogantes, que traté de transmitir a mis colegas y alumnos.

Estoy en paz y agradecido por lo que tuve y lo que pude hacer, lo que pude comprender y el insondable misterio nunca resuelto que rodea el existir, llego en paz y conforme a los límites de mi destino, compuesto, como en todos los humanos, de una dosis de azar en juego con la fuerza de la propia voluntad y el deseo de hacer lo que uno cree correcto y verdadero”.

 

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