Christian Vitry
La reciente inauguración del Museo de Arqueología de Alta Montaña causó en nuestra sociedad un gran impacto, en menos de un mes visitaron el museo cerca de 20.000 personas, con un promedio de 1.300 visitantes diarios. Este nuevo y moderno espacio cultural posiciona a Salta en un lugar de privilegio y no es difícil atisbar el crecimiento cualicuantitativo que se avecina en materia de información científica y cultural en el futuro próximo. Este aporte de renovado conocimiento de nuestra cultura andina ancestral, permite a la comunidad sentir orgullo y respeto por el pasado, asimismo, afianzar las bases sobre las que se cimientan los procesos de construcción de identidades, en plena efervescencia en estos tiempos. Si la comunidad está informada acerca de la importancia y riqueza de nuestro patrimonio cultural, cualquier ciudadano se puede transformar en un potencial custodio del mismo, pudiendo evitar en no pocos casos los saqueos y venta de bienes arqueológicos.
Sin embargo, la apertura del museo sin la exhibición de los cuerpos reavivó y potenció viejos mitos y especulaciones que están muy lejos de las realidades. Lamentablemente, existen personas que se hacen eco de informaciones basadas en el imaginario popular, sin realizar el menor esfuerzo investigativo en busca de la verdad, ni un análisis racional u objetivo de lo que se le está brindando a la comunidad.
Los niños del Llullaillaco forman parte del patrimonio local y universal, se trata de los cuerpos prehispánicos mejor conservados del mundo y eso no es poco. Su no-exhibición con la apertura del museo se debe fundamentalmente a que está primando la conservación, tema que está resuelto desde hace cinco años, no así la conservación con exhibición, donde entran a jugar otros factores que se deben estudiar con profundidad y científicamente. Si los cuerpos se exhibiesen en este momento, adoptando una postura populista que intente saciar las ansias de gran parte de nuestra sociedad y el mundo por verlos, se estaría cometiendo una imprudencia que repercutiría directamente sobre estos frágiles bienes culturales y la propia historia y sociedad condenaría con el tiempo dicha decisión. Instituciones especializadas y mundialmente reconocidas como el Museo de Historia Natural de Nueva York y el Museo de Tyrol del Sur en Bolzano, con quienes la provincia realizó convenios de cooperación científica, están investigando sobre la conservación con exhibición, serán ellos los que sugerirán los parámetros técnicos para la eventual exhibición.
El tema de la exposición de los cuerpos tiene dos facetas, una técnica científica que no es discutible ni opinable por el común de la gente y tiene como objetivo único la conservación del bien, solucionado esto, se entra en otro terreno con múltiples aristas, relacionado con los criterios museográficos, principios éticos, filosóficos, culturales y de otra índole, pudiendo esto ser discutible y opinable por muchas personas. En este sentido, existen reclamos genuinos de miembros de comunidades indígenas que quieren que los cuerpos sean llevados a sus localidades para ellos poder exhibirlos en la Puna, otros piden que sean restituidos a su lugar de origen, otros, que no se muevan de donde están pero que no se exhiban, finalmente, el más generalizado de los reclamos comunitarios tan genuino como los anteriores, solicita que se exhiban los cuerpos para tener un acercamiento más directo con el pasado, para disfrutar de un patrimonio común con el que se sienten identificados y comprometidos. Sin duda un tema que será imposible llegar a un consenso unánime, pero que para poderlo discutir será necesario contar con una buena cantidad y calidad de información.
Los cuerpos se encuentran en uno de los laboratorios del MAAM desde dos meses antes de la inauguración, hasta ese entonces estuvieron en el campus de la Universidad Católica de Salta y fue el Museo de Antropología de Salta la institución responsable del cuidado general y el registro diario de temperatura y humedad de los freezers. Toda esta información estuvo siempre disponible en la Secretaría de Cultura de la Provincia y la Dirección de Patrimonio Cultural, los que quisieron transmitir realidades o hechos concretos averiguaron en tales organismos o consultaron a personas relacionadas directamente con la temática, el resto, optó por la comodidad de repetir y potenciar los mitos.
Otro tema del que se habla es el relacionado con la duda que si se trató o no de una profanación. Profanar, según el diccionario significa tratar una cosa sagrada sin el debido respeto o aplicarla a usos profanos. Por un lado, quienes visiten el museo y se permitan leer los textos u observar los videos, notarán que toda la temática fue tratada con sumo respeto, con perspectiva histórica y base científica, intentando transmitir algunos rasgos de la milenaria cultura andina y motivando al visitante a conocer más sobre ella. Por otra parte y relacionado con la extracción de los cuerpos en 1999, cabe decir que se trató de un trabajo científico arqueológico, en el cual los investigadores emplearon un método y seguramente un lineamiento teórico sobre el cual elaboraron sus hipótesis de trabajo. Sobre la base de esa información obtenida en el terreno cualquier investigador ahora o en el futuro puede reconstruir el contexto arqueológico y generar nuevas interpretaciones y explicaciones que ayuden a entender mejor lo sucedido hace cinco siglos en la cima del volcán.
La única forma de entender el pasado de los grupos humanos que no tuvieron escritura es a través de la arqueología, esta disciplina científica trabaja con todo tipo de materiales –incluidos los enterratorios y restos humanos- para intentar escribir capítulos de la historia pretérita que de otra forma sería imposible hacerlo. En arqueología como en muchas otras profesiones existe una amplia gama de métodos para realizar un trabajo, cada investigador opta por alguno de ellos y, la discusión sobre el mismo debe realizarse entre pares profesionales.
Muchas personas -especialmente en el Noroeste argentino- tienen en sus casas hermosas vasijas arqueológicas pertenecientes a la cultura Santa María u otras, esos vistosos recipientes fueron urnas para enterrar niños, detrás de ellos hubo rituales y acciones que de una forma u otra debieron haber quedado plasmados en el lugar del entierro y que solo a través de la práctica arqueológica profesional se pudo haber sabido algo al respecto, lamentablemente de los cientos o miles de estas urnas se sabe muy poco de la procedencia o del contexto original del hallazgo, habiéndose perdido para siempre una valiosa información que jamás se podrá recuperar, eso, a no dudarlo, es una profanación. También lo es la actitud de aquellos coleccionistas o buscadores de tesoros –muchas veces personas “cultas”- que jugando a ser arqueólogos excavan sitios arqueológicos con la sola intención de encontrar “joyas”, supuestos “tesoros” u objetos bonitos para su colección, lo cierto es que con unos cuantos palazos liquidan siglos o milenios de historia que nos pertenece a todos y, una vez destruidos los sitios, es muy poca la información que de ellos se puede obtener desde la arqueología. Sobrados ejemplos tenemos de los operarios que trabajan con retroexcavadoras en obras y ante la presencia de un bien cultural arqueológico echan mano a los objetos que puedan ser vistosos para una estantería de la casa y siguen trabajando como si nada.
Los ejemplos son interminables pero resultan ser suficientes para que el lector comprenda que lo antedicho representa no solamente profanación, sino también un arrebato a un bien común, un delito federal y un crimen para la sociedad presente y futura que tiene derecho a conocer su historia pasada.
Sin duda que lo que hace falta en nuestra sociedad con relación al patrimonio cultural es educación, pero sobre la base de información certera, de hechos y realidades objetivos y racionales, no a través de mitos o fantasías teñidas muchas veces por otro tipo de intereses que nada aportan a la comunidad. |