Christian Vitry
"Los nevados son fuerzas sagradas, dioses manifiestos. Pero siempre hay uno que señorea la cabalgata de las cumbres [...] Ahí está: frente a todos, soberbio, inconmovible, envuelto en su regia vestidura de nieve y de cobalto. Parece un inmenso guardián inexorable. Parece un sueño de la forma. Y a veces, en la pureza matinal o en el silencio de las tardes, cuando la luz pelea con la sombra sobre un encrespamiento de montañas, parece también un dios lleno de majestad y poderío."
Fernando Diez de Medina. "Nayjama. Introducción a la mitología andina".
La fascinación del hombre por las maravillas de la naturaleza es, fue y será una constante en todos los rincones del planeta. La sobrecogedora magnificencia de una montaña, del mar, un río caudaloso, una erupción volcánica, o la estremecedora presencia de un rayo, son motivos suficientes para sentir respeto y admiración. Antaño, todos estos fenómenos (hoy explicados por la ciencia) estaban sumergidos en mayor de los misterios. ¿Cómo se explicaban las culturas antiguas dichas manifestaciones?, por lo general, a través de interpretaciones religiosas, míticas, las que se retroalimentaban permanentemente por medio de los rituales cíclicos y repetitivos. No eran fenómenos naturales, sino dioses; no eran lugares profanos, sino la morada de sus más venerados espíritus.
El cordón montañoso del Himalaya es un gran atractivo turístico y deportivo. Durante todo el año, miles de personas concurren con diferentes motivaciones. Esas mismas montañas, para nepaleses, chinos, Hindúes y toda comunidad pedemontana, son sagrados e intocables. Esa montaña no posee nada que la distinga del resto; es un santuario, pero no por ello deja de ser montaña y materia. Lo que la diferencia, es la significación que cada cultura le otorga, ya sea "objetivo deportivo, turístico" u "objeto de culto", la montaña (como cualquier otro elemento del paisaje) posee esa posibilidad de lectura múltiple. Esa posibilidad de percibir el paisaje desde una óptica distinta, conformada por otros códigos y actores sociales, en tiempos diferentes o simultáneos, está latente en nuestro noreste argentino y representa un lazo de integración y apertura, digno de ser tenido en cuenta y conocer.
Del espacio geográfico a la geografía sagrada.
Se puede decir que el espacio geográfico es una combinación indisoluble, donde participan por una parte, objetos geográficos, objetos naturales y objetos sociales; por otra, la vida que los colma y anima, la sociedad en movimiento (Santos 1996). Todas las sociedades producen un espacio, su propio espacio. Espacio que ha sido consagrado en un tiempo dado con significaciones culturalmente compartidas. Vemos entonces que el espacio es como un reflejo de la sociedad, y por ende, todo cambio social se ve, de una manera u otra reflejado en el espacio. Las políticas empleadas por los países determinan su espacio. Si se valora a ciegas la madera, la deforestación de bosques, selvas y montes estará justificada. Si se prefiere cultivar girasol en reemplazo del tradicional algodón, el espacio cambiará, tendrá otra fisonomía, dinámica y actores sociales, los establecimientos, las maquinarias, la experiencia de los trabajadores ya no servirán.
Espacio es tiempo y tiempo es espacio. Se hace necesario entender al espacio dentro de cada segmento de tiempo, es la forma de valorar el significado particular y específico de elementos singulares que constituyen el espacio geográfico. ¿Qué valor tienen hoy los caminos arqueológicos construidos por culturas precolombinas; o las manifestaciones de arte rupestre plasmadas en aleros y rocas; o la localización específica de las ruinas arqueológicas de Santa Rosa de Tastil; o un taller lítico prehistórico donde se tallaban las rocas para darles forma de herramientas?. Para el común de la gente son solo restos arqueológicos o "piedras"; para los habitantes locales representarán el "antiguo" y por ese solo hecho merecen respeto; para los arqueólogos un objeto de estudio; para el poeta una fuente de inspiración. Lo cierto es que para ninguno será lo que en su tiempo fue. Lo que quedó en el espacio son restos materiales de un tiempo que se fue, pero que nos dejó sugerentes signos para poder interpretarlo.
Ya comentamos en otro artículo (véase Vitry, Ch.. 1998. Revista Miradas Nº 14) sobre la importancia simbólica de los caminos incaicos; en la materialidad pétrea de estas elaboradas rutas prehispánicas, estaban presentes el poder de la cultura dominante, el control del omnipotente hijo del sol, que, con un riguroso y organizado sistema político - administrativo parecía tener sus ojos puestos en todos los rincones del vasto imperio andino.
Cada espacio geográfico tiene su personalidad y encadenamiento único e irrepetible de acontecimientos históricos, ocurridos bajo determinadas circunstancias sociales, desencadenadas por decisiones u omisiones de actores que tuvieron el poder o la influencia para decidir el presente y futuro de cada grupo. El espacio geográfico, está entonces dispuesto como por capas secuenciales que se entremezclan, conformando una suerte de palimpsesto geográfico que no siempre es perceptible en el paisaje, al cual observamos ingenuamente.
En la llamada "geografía sagrada" se concibe de esta manera al espacio geográfico, mediatizado por la dimensión religiosa en particular y la cultural en general; donde lo social es influyente o determinante. Las deidades andinas precolombinas, estaban ligadas con los elementos tangibles de la naturaleza, como montañas, ríos, lagos, vertientes, rayos, el sol, la luna, mamíferos, reptiles, anfibios, etc., quienes representaban a los espíritus o bien eran sus moradas. La geografía sagrada sugiere una mirada diferente al paisaje, intenta descifrar el palimpsesto espacial. Esas montañas, vertientes, lagunas, ríos, salares y otros tantos accidentes geográficos son hoy, para nosotros, pura materialidad inerte; geología, geografía, hidrología, climatología y otras tantas disciplinas son las encargadas de estudiar al detalle todos los fenómenos, su origen, evolución, componentes químicos y demás. Pero esos mismos accidentes o fenómenos, esa materialidad inerte, atravesada por la dimensión cultural, cobra vida, sufre una metamorfosis semiótica, se carga de un significado (religioso en este caso) que es o fue trascendente y compartido por muchas personas.
De esta significación del espacio geográfico poco queda, solo jirones de esa geografía sagrada asoman tímidamente a la superficie, como intentando resucitar y regresar a los gloriosos tiempos pasados que nunca volverán.
La toponimia, es una de estas porciones de tiempo pretérito, que atesora una rica información y que no siempre es tenida en cuenta, ni correctamente interpretada. Para poder comprender el significado de los topónimos, es indispensable conocer y aprehender el espacio geográfico que lo contiene y su historia, como también la gente del lugar, sus costumbres y tradiciones.
En el noroeste argentino los topónimos indígenas son abundantes. En las líneas que siguen veremos como los estudios toponímicos colaboran, de una manera u otra, en la comprensión del paisaje que observamos; incursionando muchas veces en esa geografía sagrada, que no siempre se muestra pero que permanentemente sugiere.
Topónimos de algunas montañas sagradas
Topónimo, de acuerdo a la definición aportada por la Real Academia Española, está referido al nombre propio del lugar. Estos nombres geográficos expresan la relación existente entre el hombre y la naturaleza, en el más amplio sentido del término. Las diferentes culturas ordenan sus espacios y los resignifican permanentemente. Entendiendo el significado toponímico podemos tener una idea de las características del terreno, indagando además sobre los semblantes de las culturas desaparecidas, desde aspectos básicos como la alimentación, domesticación, hasta los más complejos relacionados con la organización social y religiosa. Por ejemplo, el topónimo “Yacochuya” nos está indicando la presencia de agua cristalina; “Curamayo” quiere decir río importante, grande; “Cachiñal” (originalmente cachiñan) camino de (la) sal, haciendo referencia tal vez a la comercialización prehispánica de este mineral; "Muñano" (originalmente muñayoc) lugar donde hay muña muña (vegetal altoandino); "Incañan", "Ingañan" o "Encañan" camino del Inca; "Incahuasi" casa del Inca; "Chuscha" pata de animal desde la rodilla para abajo; "Chañi" (o Chani) significa importe, precio o valor. Lo que vale una persona o cosa.
Los topónimos anteriormente mencionados provienen del quechua (González Holguin 1608), los que siguen, pertenecen a la ya desaparecida lengua kunza o diaguita atacameña (Rodolfo Schuller 1908): "Antofalla" significa donde muere el sol o sepultura del sol; "Arizaro" alojamiento o residencia de los cuervos o cóndores; "Chuculaqui" muy luchador; "Arakar" lugar de osamentas; "Caipe" boca; "Silla" Llama; "Tecar" frío; "Tul tul" noche; "Cauchari" cerro overo; "Oire" tierra; "Catua" roca, peña. "Salin" hermano/a; "Acay" (Acca) según San Román significa la cabeza. Con respecto a este último topónimo se debe mencionar que en la lengua quechua "Acay" significa estiércol, otros le asignan la significación de escoria metalífera.
En los pocos topónimos citados podemos apreciar la vinculación existente, tanto con los elementos de la naturaleza, como con los sociales. En algunos casos se puede realizar una analogía directa, ya que no existen dudas respecto a su significado, además, lo podemos comprobar directamente con los sentidos, como en los casos del cerro overo, camino del inca, agua cristalina, etc.; otros, en cambio, son más abstractos y representan un sutil hilo de unión con el pasado. De allí la importancia de conocer el terreno y todo lo relacionado con él y sus moradores (presentes y pasados), para poder aprovechar la información contenida en los nombres geográficos.
A continuación, analizaremos los topónimos de algunas de las montañas más elevadas (y por cierto sagradas) de la provincia; ubicadas en los extremos oriental y occidental, como también en el centro, de la yerma región de La Puna salteña, intentando descubrir su geografía sagrada.
Volcán Llullaillaco (6.739 m)
Este topónimo, de cierta dificultad para pronunciar, se vincula con el fastuoso volcán, ubicado en el extremo occidental de La Puna, en el límite con Chile. Este magno cono volcánico, acoge y ostenta uno de los más importantes sitios arqueológicos de los Andes; en él, se encuentran las ruinas indígenas (santuario de altura) más altas del mundo, a 6.730 metros sobre el nivel del mar.
Aparentemente se trata de un nombre compuesto por dos palabras. Según el diccionario quechua de Gonzalez Holguin (1608), "Llulla" significa mentira, cosa engañosa, y aparente y vana o falsa. Yaku o llaco quiere decir agua, o sea, la aguada del engaño.. Es sabido (para los andinos) que las montañas representan grandes reservorios de agua; es allí donde se producen las precipitaciones en forma de nieve, y es el lugar desde donde "milagrosamente" brotan las vertientes con el vital elemento. Prácticamente no existen montañas que no posean surgientes de agua durante todo el año, menos aún si se trata de grandes macizos, como es el caso del majestuoso Llullaillaco. Su nombre compuesto, según esta interpretación, indicaría ese lugar donde el agua debería estar presente (y tal vez en abundancia), pero sin embargo no es así. Se trata de una montaña que engaña y miente.
El investigador Dick Edgar Ibarra Grasso propone como interpretación del topónimo el de "Montaña del Diablo", ya que este ser, es exclusivamente mentiroso. Para él "yacu" (agua) no forma combinación normal con la raíz "Llullay" (infinitivo del verbo mentir), razón por la cual se debe buscar el significado en "llacu" y no en "yacu". "Lla" es una partícula que significa que "se hace exclusivamente una cosa". Llullaylla significaría entonces "exclusivamente mentiroso"; "cu", opina el investigador, "es partícula que significa el estado".
Cabe mencionar que a mediados de siglo, el nombre que figuraba en la cartografía era el de "Llullay - Yacú".
Del mismo diccionario de Gonzalez Holguin se puede obtener otra posible interpretación. Tenemos que Llullu se refiere a "una cosa tierna que nace o crece antes de endurecerse", según el investigador Johan Reinhard "Esto podría referirse a Llullaillaco como un volcán activo, donde la lava fluye como agua y luego se endurece"
(Reinhard 1994).
Por último, se puede considerar como posibilidad, lo mencionado por Felipe Guamán Poma de Ayala, en su obra "Nueva Crónica y Buen Gobierno", de fines del siglo XV y descubierta en 1908. En la sección destinada a "Ritos y Ceremonias", Guamán Poma, habla de los "Hichezeros de Zueños" (p.253), los cuales eran llamados LLULLALAICA UMU; entre otras cosas dice "otros hichezeros hablan con los demonios y chupan y dizen que sacan enfermedades del cuerpo y que saca plata o piedra o palillos o guzanos o zapo o paxa o mays del cuerpo de los hombres y mugeres. Estos dichos son falsos hichezeros; engaña a los yndios ydúlatras." (op.cit.).
Estos hechiceros de los sueños, brujos mentirosos, falsos o hechiceros del fuego, realizaban sus actividades en los adoratorios o lugares sagrados, tales como apachetas, montañas, vertientes u otros lugares del espacio geográfico consagrados socialmente para tal fin.
La investigadora María Cristina Bianchetti, en su libro "Cosmovisión natural de la locura" dice "El Llullallaica Umu basaba su inspiración en el fuego; y como sacerdote presidía las ceremonias dedicadas al sol, la luna y el lucero.[...] ...trabajaba en las cuatro áreas del imperio y realizaba sus ofrendas a través del fuego, posibles luminarias encendidas en las montañas o en las pampas de la Janca,..." (p.33).
Si el Llullallaica Umu presidía las ceremonias dedicadas al sol, realizaba sus ofrendas en las montañas y apachetas, y encendía luminarias en los cerros, no es tan descabellado pensar que el topónimo Llullaillaco, se refiera a esos hechiceros de los sueños, aparentemente tan importantes para los rituales precolombinos.
Sea como fuere, el coloso volcán atesora en su vasta geografía gran cantidad de misterios no resueltos todavía por la ciencia, que está a la espera de la luz.
Nevado de Cachi (6.380 m)
El gigante calchaquí, ubicado en el extremo oriental de La Puna, posee una variada gama de posibles interpretaciones toponímicas.
La etimología indica que proviene de la lengua utilizada por los antiguos diaguitas de estos fértiles valles, esto es, el cacán. KAK significa peñón, piedra, roca, y CHI o CHIN: silencio, soledad. Entonces las variadas traducciones se refieren al nevado como "blanco peñón de la soledad", "peñón frío" o "peñón solitario".
Proveniente de una lengua emparentada con el cacán (el kunza o diaguita atacameño), observamos que la palabra ckacktchi significa "bueno", "agradable", "placentero"; haciendo esto alusión -quizás- al lugar donde se emplaza el pueblo de Cachi, ya que la montaña adquiere el nombre del lugar desde donde se la observa con soberbia imponencia.
La misma lengua kunza nos aporta otra posible etimología, ya que la palabra CKATCHIR quiere decir "chicha de maíz". Cabe recordar, que las condiciones para el cultivo de ese vegetal son óptimas en la comarca.
Otra etimología deviene del Quechua, cuyo significado es el de SAL. A modo de interpretación se puede decir que, desde las serranías altas del nevado se observa hacia el Oeste el salar de Pastos Grandes y otros más pequeños. Es posible que algunas abras (pasos de altura) hayan sido utilizadas para el "comercio" o transporte de la sal en tiempos pasados; de hecho, las mismas abras fueron usadas como paso del ganado a Chile en el siglo XIX.
Una tercera versión, sugerida por el Lic. Carlos Gregorio Romero Sosa (1997, comunicación personal), es la que Cachi haría referencia a uno de los principales mitos sobre el origen de los incas, esto es, el de los hermanos AYAR. Recordemos que uno de los cuatro hermanos varones salidos de una de las tres ventanas (Sutic) del cerro Tambotoco, se llamaba AYAR CACHI. Cuenta la historia que sus hermanos se deshicieron de Ayar Cachi por temor a ser dominados por él debido a su fortaleza y poderes mágicos. Al respecto el cronista Juan de Betánzos en su obra titulada "Suma y Narración de Los Incas" (Cap. III) relata "...y subiendo un día al cerro de Guanacaure para de allí mirar y devisar donde fuese mejor asiento y sitio para poblar; y siendo ya encima del cerro, Ayar Cache, que fue el primero que salió de la cueva, sacó una honda y puso en ella una piedra y tírola á un cerro alto, y del golpe que dio, derribó el cerro y hizo en él una quebrada; y asímismo tiró otras tres piedras, y hizo de cada una una quebrada grande en los cerros altos; [...] Y viendo estos tiros de honda los otros tres sus compañeros, paráronse á pensar en la fortaleza de este Ayar Cache, y apartáronse de allí un poco aparte, y ordenaron de dar manera como aquel Ayar Cache se echase de su compañía, porque les parescia que era hombre de grandes fuerzas y valerosidad, y que los mandaria y sujetaria andando el tiempo, y acordaron de tornar desde allí á las cuevas donde habian salido;..." (p. 11); de esta manera y, por medio de engaños los hermanos del poderoso Ayar Cachi lo condujeron a la cueva de donde habían salido para que sacara de su interior muchas riquezas que habían quedado allí, entonces "...Ayar Cache entró agatado, bien ansí como había salido, que no podían entrar ménos; y como le viesen los demás dentro, tomaron una gran losa, y cerráronle la salida y puerta por do entró; y luego, con mucha piedra y mezcla, hicieron á ésta en toda [entrada?] una gruesa pared, de manera que cuando volviese á salir, no pudiese y se quedase allá." (p. 12).
De acuerdo al relato de Betánzos, cabe la posibilidad de que los incas, al colonizar el fértil Valle Calchaquí, hayan denominado Cachi a aquella imponente montaña, recordando el mito de origen y reivindicando la figura del poderoso Ayar Cachi.
Existen en toda la comarca gran cantidad de topónimos y restos arqueológicos relacionados con el imperio incaico, razón por la cual, deberían cobrar cierta importancia las etimologías quichuas (especialmente la última), no obstante, tiene mucho sentido la relación con el cacán y más tratándose de la región diaguita por excelencia. Tal vez se trate de una feliz coincidencia, y lo que para unos (diaguitas) significaba "bueno", "agradable", "peñón solitario o frío", "chicha de maíz"; para otros (incas) tendría un sentido mitológico, fundacional; lo cierto es que aún faltan muchos elementos y estudios lingüísticos y arqueológicos para poder aproximarse a la etimología correcta del topónimo, y lo antedicho son solo supuestos. Lo cierto, y a juzgar por los restos arqueológicos de gran importancia existentes en el nevado, es que esta montaña sagrada fue de gran importancia para las comunidades pedemontanas, quienes dependieron (como las actuales) del agua permanente que brota de sus entrañas.
Volcán Quehuar o Quewar (6.130 m)
Majestuoso volcán ubicado en el corazón de La Puna salteña, igual que los anteriores, posee un rico patrimonio arqueológico, desde la base hasta la cima. Poco se sabe de la etimología del topónimo, pero dadas las características geográficas y arqueológicas de la montaña, la incluiremos en esta reducida lista de cerros que forman parte de la geografía sagrada en estas latitudes de los Andes.
La primer referencia la aporta el Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), mestizo, hijo del español Sebastián Garcilaso y la "palla" Isabel Chimpu Ocllo y autor de la obra "Comentarios Reales de los Incas". De ella rescatamos la siguiente cita: "Dejó (Túpac Inca Yupanqui) de su legítima mujer Mama Ocllo, sin el príncipe heredero, otros cinco hijos varones; al segundo le llamaron Auqui Amaru Tupac Inca, como a su padre, por tener delante siempre el nombre; el tercero se llamó Quehuar Túpac,..." (Garcilaso de la Vega fue sobrino de Quehuar Tupac).
Como vemos, el nombre "Quehuar" está relacionado con la nobleza incaica. Los restos arqueológicos hallados en el volcán son de indudable filiación inca; además, un importante ramal del camino imperial de los Incas pasaba por la base del cerro, con dirección a San Antonio de los Cobres (León Strube Erdmann 1963).
Otro dato interesante es el de la existencia de un pueblo cercano al Cuzco llamado Quehuar, los cuales fueron usados por los incas como mitimaes (personas enviadas a un lugar extraño a cumplir una tarea estatal). Esta importante información fue aportada por el antropólogo Dr. Johan Reinhard (1982) al investigador Antonio Beorchia Nigris (comunicación personal).
¿Habrán sido trasladadas esas personas desde las proximidades de la ciudad sagrada hasta la puna salteña, para cumplir con labores del imperio incaico?; es factible, pero hay que demostrarlo. Son muchos los elementos a favor para pensar que el topónimo se originó con los incas; por otra parte, el traslado de personas a grandes distancias fue una práctica muy común de esa cultura.
Llullaillaco, Cachi, Quehuar, son sólo tres ejemplos de los tantos existentes en nuestra rica geografía. Montañas que significaron mucho más de lo nos imaginamos; montes sagrados, huacas o adoratorios dotados de vida espiritual. Son o representan a los seres ordenadores de la vida religiosa y social en general de pueblos desaparecidos. Espacios y tiempos sagrados, fragmentos de tiempo materializados en el espacio; ese espacio geográfico que hoy podemos leer o interpretar retrospectivamente. Todo depende del punto de vista con que los miremos.
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